Reinaldo García Ramos, 'Una amiga en París' y un homenaje en Miami

Cuba tiene dos Reinaldos: uno hecho de arenas; otro de ramos. A los dos los expulsó, como hijos no deseados, el puerto de Mariel.  Ya en el exilio participaron activamente en la fundación de una revista generacional, nombrada como ese lugar de mar que los vio partir nada idílicamente. Uno era extrovertido, gustaba de hacerse notar; el otro se ocupaba más bien de pasar desapercibido, mantener lo que él mismo admitía, un bajo perfil. En Miami vivió García Ramos por muchos años, cerca de otro mar, donde gestó la revista digital Decir del agua y donde participó de una vida literaria y cultural muy activa.

En la introducción a Una amiga en París, que Ediciones Furtivas logró publicar en Miami unos meses antes de su muerte, el propio escritor García Ramos reconoce: "El relato de la historia sirve de muy poco si solo acepta el discurso de los que toman decisiones desde arriba y no busca sobre todo el aporte de los seres que estaban abajo, sometidos a los caprichos del poder". Si bien estas cartas a su amiga Ana María Simo son espejo de ese acontecer histórico perverso en el que quedó atrapado durante una gran parte de su juventud, hay más dentro de ellas, mucho más.

Reinaldo se alegró mucho cuando en un intercambio escrito, le hice notar cuánto me gustó la carta de septiembre 7 de 1968, donde se detiene a reflexionar sobre la condición del escritor y el exilio, a propósito de Severo Sarduy y la publicación de su novela De dónde son los cantantes, y con quien su amiga Ana María había podido encontrarse en ese París que también anhelaba de Reinaldo.  Esa manera inquisitiva de anticiparse a lo que puede suponer el desenraizamiento, lo llevó a enunciar: "Los exiliados sólo difícilmente pueden renunciar (sobre todo si vienen del subdesarrollo) a la vibración sentimentaloide que significa para ellos el seguir apegados al material del recuerdo". Le preocupa la "esterilidad quejumbrosa", el destino de aquellos que "se han callado, hundidos en su insignificancia, y en su incapacidad o su tardanza para asimilarse a una cultura otra, cosmopolita o segunda patria". En una entrevista con Abel Sierra Madero publicada en Hypermedia Magazine, la escritora y dramaturga que todavía vive en New York, cuenta: "Salí de Cuba a fines de diciembre de 1967. Yo era miembro de la UNEAC. Le envié una carta a Nicolás Guillén diciéndole que no iba a seguir guardando silencio. Que si no me dejaban salir iba a denunciar mi encarcelamiento y los electroshocks durante........

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