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Irene y Teresa (fragmento)

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17.06.2019

Teresa

En la noche tomé par de autobuses para llegar a los muelles. Allí, como tantas veces, me meto por un callejón entre dos almacenes inmensos, que solo laboran de día. El mar aplana, o a mí me aplana. Verlo, sentirlo ronronear en la oscuridad. Le entro por este callejón, sucio como las propias aguas de la zona, porque hay soledad. Y eso busco. Si me fuera al Malecón me toparía con tongas de pasantes, mujeres, hombres, parejas, novios, prostitutas, borrachines, barullo, luces que para nada me interesan cuando estoy como entonces.

Medité un buen rato. Sentía un pánico tremendo por lo que había ocurrido entre Irene, mi buena amiga —y mujer noble— y yo.

Ya antes de, por fin, el desenlace, me sentía igual de mal, como si ya hubiese ocurrido. Porque sin dudas sucedería. Y aquello que podemos dar por seguro, si bien todavía no ha sido realidad, tal parece que sí: es un efecto semejante. De euforia o languidez, alegría o tristeza, etcétera, según el caso.

Desde los muelles tomé dos autobuses y viajé en dirección contraria.

Teresa esta vez se sorprendió como nunca antes por un arribo imprevisto de mi parte en la noche.

Pero cuando miré el reloj cucú que tiene en la sala, comprendí que llevaba razón. Eran casi las dos y treinta de la madrugada.

Desde la ventana del cuarto en que duerme Teresa, se puede ver, allá abajo, buena porción de la ciudad. Recordé una novela que había leído hacía poco: "todas las ciudades, vistas desde arriba, alumbradas en la noche, se ven hermosas. Y cuántos........

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