Las compensaciones del caos |
Una de las ventajas ignoradas del caos es la posibilidad del encuentro entre desconocidos que deambulan en sus tentativas por escapar de sus redes. El caos, como ruptura del orden, multiplica la dispersión, pero nada puede hacer contra el azar, en parte porque el azar es una consecuencia del desorden de relaciones que aquel provoca. La multiplicidad propia del caos facilita las conexiones y la proliferación de nuevos sentidos. Esta diseminación de significados, en el caso de un texto literario, sorprende a un lector acostumbrado a ciertas convenciones y habituado a orientarse entre los rituales tradicionales del relato: historia, conflicto, personajes y desenlace.
María Elena Hernández Caballero (La Habana, 1967) ha escrito una novela sobre el caos existencial de una poeta de 17 años en La Habana de la década de los 80. La lejanía temporal —y también espacial, pues la autora abandonó Cuba hace mucho tiempo y reside actualmente en Miami— nos libera de la inmediatez apresurada del testimonio, un registro que ha agotado buena parte de la narrativa cubana desde la caída del Muro de Berlín hasta nuestros días.
María Elena prefiere contar antes que rememorar, mostrar más que interrogar, a través de fragmentos de personajes y conflictos que, en sus disparidades, encuentran una zona de convergencia de signo marcadamente moderno: la formación intelectual de la narradora. La iniciación al conocimiento constituye en la novela un centro precario que intenta otorgar unidad a la diseminación de personajes y situaciones. Estamos, por tanto, ante un caos que, además de existencial y estético, es epistemológico y —rindiéndonos a la evidencia de la experiencia cubana de la época— histórico.
Una poeta inédita tiene una cita en la Casa del Té del Vedado con un amigo artista plástico. El dibujo de un árbol, realizado por Harold, evoca las ramas hipotéticas de un ahorcado que encarnan el deseo de la protagonista. El deseo de ahorcarse, sostenido con la convicción de la fe, se presenta al lector como la primera aspiración de una narración que apenas comienza. De manera inesperada, un anciano desaliñado se interpone en la cita y se interesa por el manojo de poemas de la joven. A partir de ese momento, este café, la Biblioteca Nacional, la sede de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el barrio de la narradora y sus vecinos serán los espacios por los que transcurren las acciones de la novela.
Sin embargo, tal como lo sugiere su título Negro en la costa —alusión a la conocida frase de advertencia tomada de la historia española, "Hay moros en la costa"—, puede leerse también como un homenaje al mentor intelectual de la protagonista: el historiador Walterio Carbonell (1920-2008).
Walterio Carbonell en la costa
En la historiografía literaria cubana se ha tejido, en torno a la figura de Walterio Carbonell, una leyenda de escritor maldito: la de un sobreviviente tardío de las cacerías de brujas contra los intelectuales y, al mismo tiempo, la encarnación del destino final de quienes decidieron regresar a la Isla y permanecer en ella tras la llegada de la Revolución de 1959.
Autor de un solo libro —Cómo surgió la cultura nacional— publicado en edición limitada en Cuba en 1961, Carbonell poseía además el aura de haber vivido en........