El Santo Entierro |
05 de abril 2026 - 03:08
Acierta el filósofo Higinio Marín al denunciar que una de las características más insidiosas de nuestro tiempo es la liquidación de la muerte. Da ejemplos: la incineración, con su freudiano rechazo del cadáver; lo difícil que resulta ver al difunto, siempre arrinconado en los tanatorios por la disposición de las salas; la imposibilidad de cruzarte un ataúd a hombros por las calles, como antaño. Inventamos etiquetas como «eutanasia» para no decir ni mu de la muerte ni esperarla. El tabú se ha desplazado: del sexo, ahora omnipresente, a esto otro, ahora innombrable. No se lleva a los niños a los funerales.
Esto es letal, sin embargo. Sin muerte se diluye la vitalidad. Sin conciencia del fin de la vida, ésta pierde la narratividad y quedamos sin aventura, desventurados. Y sin teleología ni contrarreloj. Siendo la muerte insoslayable, al esquivarla nos estancamos en el éter de la indeterminación.
Por eso ahora es tan importante la última resistencia: la procesión del Santo Entierro. Durante muchos años tuvo para mí una tristeza casi insoportable por lo que representaba y porque conlleva el fin de la semana de cofradías, tambores y cornetas. Pero la tradición estaba en lo cierto, como acostumbra. Es vital este recuerdo público de la muerte. Necesitamos recordar también la soledad de los familiares frente a la de Nuestra Señora de la Soledad. La Semana Santa servía para reivindicar algo tan antimoderno como el sufrimiento, materia prima del sacrificio y, por tanto, del amor. Pero, como dice mi amigo Rafael Argüelles, que no es filósofo profesional, sino farmacéutico, aunque practica la teoría filosófica como el que más, el sufrimiento ha sido contaminado por la vigorexia y la competitividad deportiva. En cierto modo, la vanidad se ha hecho con la gran herramienta de la entrega.
Pero la postmodernidad no puede con la muerte. Por eso la oculta, incluso sabiendo que esa maniobra tiene un elevado coste psicológico y moral. Por suerte, la muerte perseguida se ha acogido a sagrado: lo natural ha buscado refugio en lo sobrenatural. En el mundo de hoy sólo la proclamamos con la solemnidad debida y el respeto necesario en el Santo Entierro de quien, paradójicamente, es la Vida (y lo demuestra esta mañana). Pero Él, durante esos tres días, nos hizo muchísimo bien también yacente.
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