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Algo va mal

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17 de abril 2026 - 03:07

En los últimos tiempos, muchos atribuyen la situación política de Estados Unidos a la figura poco equilibrada de Donald Trump. Para matizar, suele añadirse que, aunque fue elegido democráticamente, sus adversarios son países donde la libertad de pensamiento y la tolerancia brillan por su ausencia. Así se concluye que Trump o Netanyahu pueden ser malos gobernantes, pero que mejor vivir en Chicago que en Teherán; en Tel Aviv que en la Habana. Son “malotes”, pero son “nuestros malotes”.

Sin embargo, conviene recordar que Trump no llegó al poder por accidente ni por un golpe de Estado: fue elegido democráticamente, no una sino dos veces. Ese dato obliga a mirar más allá de su personalidad y a preguntarnos por el funcionamiento de la democracia estadounidense, que no solo permitió su ascenso, sino que lo hizo posible dentro de sus propias reglas. Que Trump sea presidente sugiere un desgaste: su sistema electoral puede llevar a la Casa Blanca a un candidato sin ganar el voto popular, lo que alimenta divisiones y desconfianza institucional; y la polarización convierte el debate público en una lucha de identidades, más interesada en derrotar al adversario que en gobernar.

La elección de Trump también evidenció la vulnerabilidad de las democracias ante la manipulación mediática, la desinformación y el populismo. El uso intensivo de redes sociales y los discursos incendiarios movilizaron a una parte de la población que se siente olvidada por el grupo de poder. Esa eficacia no solo alteró el panorama interno: repercutió en la posición internacional del país, con efectos que van mucho más allá de un solo líder.

En suma, lo que ocurre en Estados Unidos habla de las carencias de un sistema democrático que, lejos de ser perfecto, admite distorsiones electorales, incentiva la polarización y puede ser capturado por la desinformación. Mientras, nos refugiamos en una supuesta superioridad moral –la que permite a las mujeres de Nueva York vestir como quieran y a las de Teherán no–, se normaliza el silencio ante bombardeos indiscriminados o invasiones de territorios “poco democráticos”. Sí, de acuerdo, prefiero vivir en Chicago a hacerlo en un barrio controlado por Hezbolá; pero que Trump tenga en sus manos el botón nuclear me parece tan peligroso como que Irán disponga de cabezas nucleares. La pregunta incómoda no es solo quién gobierna, sino qué tipo de democracia puede elegirlo. Y repetirlo.

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