El Santo Sepulcro y los hipócritas

02 de abril 2026 - 03:07

Quien no haya estado en la basílica del Santo Sepulcro, difícilmente puede hacerse idea de su significación para la Cristiandad. En su recinto se concentran lo que resta de la tumba de Cristo, literalmente pulverizada y aventada por orden del sultán fatimí Al-Hákim en 1009, el sitio exacto donde fue colocada la Cruz sobre la escombrera, más que monte, que era el Calvario, y la losa sobre la que fue ungido el cuerpo del Señor antes del sepelio. Es absolutamente imposible no conmoverse en lo más hondo cuando se va pasando de un sitio a otro hasta penetrar en el estrechísimo edículo que permite el acceso al Sepulcro propiamente dicho. No todos lo consiguen.

El pasado Domingo de Ramos se ha escrito una pequeña nota al pie de la milenaria historia del templo más sagrado de la Cristiandad: el cardenal Pizzaballa y otro monseñor se vieron impedidos de acercarse a él para celebrar misa. ¿Atropello? ¿Exceso de celo policial en un país en guerra? El Santo Sepulcro es compartido por la Iglesia católica, la ortodoxa griega y la armenia, cada una con sus zonas perfectamente delimitadas en el templo y siempre en tensa convivencia. ¿No celebraron misas allí este domingo esas comunidades, aun sin ser para ellas el inicio de la Semana Santa? Sin duda sí, y también la católica, pues en el interior se mantienen, como desde hace siglos, clérigos de las tres confesiones que en estos días siguen realizando sus cultos con normalidad, aunque sin asistencia de fieles. Con escándalo supe hace años que, por sus malas relaciones históricas, las llaves del templo no las tiene ninguna de ellas sino, desde el siglo XII, una familia musulmana que cada noche encierra allí a monjes y frailes sin que puedan salir hasta la mañana siguiente, cuando lo abren.

El Santo Sepulcro no se quedó sin Santa Misa el Domingo de Ramos, y el cardenal Pizzaballa consiguió la atención mundial a mínimo coste. El episodio permitió fungir de piadosos protectores del Santo Sepulcro a personajes como Macron –al que le queman iglesias todas las semanas– o Sánchez –profanador de basílicas por odio a la fe–. ¿Esperamos a algún cardenal para celebrar el próximo domingo en la asediada, amenazada, despojada y abandonada basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos?

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