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Al papa se le llenó la cachimba

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07.04.2026

Este papa no difiere del anterior a la hora de posicionarse frente a la guerra y usar en nombre de la paz sea la mitra o el solideo, la solemne autoridad o el soft power, el poder blando y discreto de León XIV, si lo comparamos con Francisco, que era un pacifista beligerante. Pero este peruano-estadounidense de origen canario, que está al llegar, ha sido firme en su mensaje pascual, cuando la paz en Irán era anoche una incógnita envenenada.

Desde el primer día puso el grito en el cielo en Semana Santa, en la homilía del Domingo de Ramos, con aquella especie de mandato en la Plaza de San Pedro, “¡Depongan las armas!”, dirigida a los Trumps de toda laya, que parecía contener un taco para completar la frase de la exhortación: “¡Depongan las armas, coño!” Ya las bombas habían matado a miles de víctimas civiles en Irán y Líbano cuando el papa se enfadó con los falsos cristianos de golpes de pecho, que en España serían los Feijóo y Abascal, en su rifirrafe por quién luce más católico, apostólico y romano de boquilla.

En el Urbi et Orbi del domingo, León XIV era un papa cabreado con la hipocresía de la clase política ante la violencia. Esta vez no mencionó la polarización y el racismo antimigratorio, pero es de todos conocido que, en noviembre, se encerró con los obispos españoles en el Vaticano y les metió las cabras en el corral sobre el asedio contra los migrantes y la Iglesia a cargo de partidos ultraconservadores, cuya práctica xenófoba encendía en la población sentimientos de odio. Escuchó el informe de Luis Argüello y tomó la palabra, al no oírle mencionar el problema: el problema de la ultraderecha, que manipula a los creyentes con fines electorales fomentando el rechazo a la acogida de migrantes y acusando a la Iglesia de no secundar sus postulados.

A León XIV, que viene de lidiar con las discriminaciones andinas y los derechos de los indígenas de Perú, no lo callan los pijos de la carcundia europea, y, si el PP se descuida, de la cruzada retrógrada de Feijóo contra los menores africanos en Canarias y la regularización en España. En junio, el papa pisará el Archipiélago, terreno donde se libró esa batalla medieval de la peor calaña patriótica.

La falsa ola de catolicismo reaccionario choca con el muro de Robert Francis Prevost. No traga con la idolatría del lucro que “saquea los recursos de la tierra” y ese ardor guerrero que “mata y destruye”. En los mensajes de esta semana no tuvo que dar nombres para llamar al pan, pan y al vino, vino. Ya imagino en España a quienes le esperan en junio, moldeando el discurso para que el papa no les tire de las orejas. Porque en Europa hay en marcha un proceso de destrumpización, con Meloni, Farage y unos cuantos cucos más viéndolas venir y temiendo lo peor en las encuestas. En España no tardarán. El papa disparaba a Donald y Bibi, la pareja de nuevos líderes religiosos, coautores del genocidio palestino e iraní. A Trump le entraron las risas contando cómo habían destruido el puente más largo de Oriente Medio, donde murieron nueve personas que pasaban por allí. Esa clase de muertes inocentes son las que revientan al papa. En un segundo ataque se cebaron con los rescatistas por amor a los crímenes de guerra.

Y el papa no se olvidó de la escena de los pastores evangelistas rezando con la mano en los hombros del presidente en el Despacho Oval, para que Dios le ayudara en Irán. León XIV dijo que Dios “no escucha la oración de quienes hacen la guerra, la rechaza”. Netanyahu, también, en un reciente y fanático discurso quiso suplantar al Dios del Antiguo Testamento lanzando las diez plagas de Egipto al pueblo iraní, por toda la jeta.

Estos días de Pascua hemos asistido a sesiones de política de fe adulterada entre Feijóo y Abascal, ansiosos por el voto católico, por ver quién defiende mejor a los cristianos perseguidos en Nigeria, y a iniciativas contra el aborto en el Día de la Encarnación, el “día de la vida”. Es la batalla cultural de los católicos de España en la oposición en el año de las urnas y el proselitismo.

El papa, que en mayo cumple un año al frente de la nave, no comulga con ese catolicismo político impostor que va a misa los domingos tras una semana persiguiendo a migrantes o soltando espuma por la boca en la Carrera de San Jerónimo. No hace mucho, desde Vox despotricaban de la Conferencia Episcopal por apoyar la regularización masiva de migrantes, y esa tónica era del agrado gregario del PP.

¡Hasta aquí hemos llegado!, parece estar diciéndonos el papa, que en un par de meses vendrá a arrimar el hombro a favor de la convivencia con el extranjero en unas Islas que se pasaron 2025 luchando en las Cortes contra el veto al traslado de los niños de África a la Península. Como si carecieran de alma por la gracia de Feijóo.


© Diario de Avisos