Wolf

Nos unían lazos casi familiares. Se ha marchado Wolf Wildpret, él sabe a dónde, y a mí al menos me ha dejado medio huérfano, o quizá huérfano del todo. Muchos domingos por la mañana recibía su llamada, a la hora en que sabía que yo había despertado: “Hoy has estado sembrado”, decía. Cuando no le gustaba un artículo tenía la delicadeza de no llamar. “Todavía me baño en el mar, Andrés”, me comentaba, orgulloso, hasta hace muy poco tiempo. Wolfredo Wildpret de la Torre, catedrático, doctor honoris causa, maestro de la botánica, seductor involuntario, coqueto, científico de fama mundial, se ha marchado. Se había caído, se había recuperado, disfrutaba en su casa con sus incunables y era un sabio de la botánica pero también un sabio de la vida. Cuando uno cruza la frontera de los años, más tarde o más temprano, tiene que dejar la casa, la familia y marchar por una senda desconocida que le apasionaba, pero, eso sí, llena de árboles y sin olor a muerte. Tenía 92 años, pero yo le imaginaba eternamente centenario, nadando en las aguas atlánticas que le devolvían años cada día, sumergido en los recuerdos familiares del Botánico, dando charlas peripatéticas, paseando con improvisados alumnos por veredas, barrancos, apartando laurisilvas y alguna flor. Era un sabio, en toda la extensión de la palabraa, un sabio de la botánica y de la vida. Yo creo que era un cartesiano, por su exactitud; un romántico, por sus recuerdos y por el cariño que desplegaba hacia los suyos, parapetado en su actitud escéptica ante el resto; y un amigo de cariños demostrados a lo largo de la vida. Sentiré un montón que Wolf ya no me llame por teléfono los domingos por las mañanas, aunque yo seguramente seguiré escuchando el timbre de su teléfono móvil, que no borraré del mío. Adiós, amigo. Nos veremos más pronto que tarde.


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