Vaya coñazo |
La Semana Santa es un coñazo. No hay fútbol y encima te ponen en la tele unos peñazos de películas de eso que llaman historia sagrada. Siempre son las mismas, las superproducciones de Samuel Bronston y otros filmes de Sansón y Dalila. Hablando de Sansón y de su pelo, dicen que Pablo Iglesias guardó sus greñas cortadas en el cajón de la mesa de noche, a la espera de que cualquier fetichista se interesara por ellas. Esas greñas no provocan otra cosa que estornudos y, guardadas en una gaveta, pueden convertirse en albergue de chinches, liendres y piojos, especies, con las ladillas, tan propensas a habitar en zonas pilíferas, ya sean en modalidad pelocuca o también en coleta de motilón, como es el caso. ¿Para qué ha guardado Iglesias su coleta? Pues puede también que para fabricarle un plumero a la Montero y limpiar -ambos- el polvo en el chalé de Galapagar, que es una señora casa, con piscina y chachas y jardinero, que yo sepa. Antes, hasta tenían garita para la Guardia Civil, no sé si todavía, porque ahora los habitantes del chalé son más políticos rasos que otra cosa. La aburrida Semana Santa me hace hablar de estas cosas, a falta de otras que echarse uno al careto. El aburrimiento se adueña del paisaje y si no es por Trump y por sus guerras, uno no tendría de qué escribir. Por cierto, que ayer cayeron toneladas de confeti sobre Irán, que ya parece un enorme agujero. Las greñas de Pablo Iglesias guardadas en la gaveta de una mesa de noche me han servido para reflexionar sobre estos tipos mesiánicos: se creen que si se cortan las uñas de los pies los restos irán a parar a un relicario, como las legañas de Santa Teresa. Si viviera doña Carmen Polo, metería bajo su cama el pelamen de Pablete, como hizo con el brazo de la santa de Ávila.