Suena el teléfono
Suena el teléfono fijo de mi casa y yo no lo cojo jamás. Porque pueden ser llamadas procedentes de una empresa eléctrica ofreciéndote el cambio; de una compañía de telefonía que te regala un viejo móvil Samsung si te suscribes a ella; o de un puto banco que te reclama una deuda vieja de 300 euros, de la que tú no te acuerdas y de la que 299 euros proceden de los intereses usurarios que suelen cobrar las entidades bancarias en los descubiertos. Luego es mejor no coger el teléfono y seguir viviendo sin preocupación alguna, porque a los bancos no les interesa llevarte al juzgado e iniciar un proceso interminable y garantista, al mejor modo de la España cañí, que se resuelve cuando ya estamos muertos tú, yo y el secretario del juzgado, que ahora se llama letrado de no sé qué. Además, cada vez que vas al baño y te olvidas de llevar el móvil, o evitas llevarlo para que no se te caiga en la taza, entonces suena el aparato. Y suele ser alguien que te coloca un rollo, con lo cual te dificulta, porque si estás haciendo aguas te pones el celular en el cogote, doblas el pescuezo y por la tarde tienes dolor en las cervicales. Todo esto que cuento es ley de vida y también una consecuencia de la moderna vida. Después del covid todo se hace por teléfono y con cita previa. La cita previa se ha apoderado de nuestras vidas, desde el DNI a la tramitación de tu jubilación. Y las páginas de internet donde la tienes que pedir están colapsadas, por lo que has de levantarte de madrugada para conseguir una hora donde poner al día tu firma electrónica, que es otro coñazo. No digamos nada para los viejos carruchos, que ignoran los accesos y que se arman tremendo lío con el ordenador delante, dando palos de ciego y maldiciendo.
