Mi amigo Antonio |
Tuve ayer el grato placer de estrechar la mano de mi amigo Antonio Plasencia, con quien, de vez en vez, tengo el gusto de coincidir. Con su mujer Carmen, y una nieta, almorzaban en un restaurante que yo frecuento los domingos. Antonio, además de una persona decente, es un luchador al que nadie le ha regalado nada. Me alegro mucho cada vez que lo veo; lo encuentro muy bien de salud y es muy grato intercambiar unas palabras con él, con cuya amistad me honro desde hace muchos años. Es una persona que siempre me ayudó y al que le guardo aprecio eterno. Porque es de bien nacidos ser agradecidos. Da gusto tomar un café con Antonio en el bar aledaño a su oficina, se muestra informado de todo lo que le rodea y es un lector empedernido de periódicos. Está al tanto de todo lo que ocurre. Lo han intentado joder varias veces y ha salido adelante, con su familia, unida como una piña. Yo me considero un fan de Antonio, que acaba de celebrar aniversario con su esposa y que sigue administrando su imperio, que afortunadamente la envidia, pecado nacional, no le ha conseguido arrebatar. Ayer lo vi muy bien, con ánimo y delegando ese grupo empresarial en sus hijos y en sus nietos. Porque tienen Carmen y Antonio hasta biznietos. Me gustó mucho encontrarme con mi amigo de tantos años. Cada vez que tuve un problema y acudí a él me lo resolvió. Tenía una gran capacidad para ayudar a sus amigos. Y esta sociedad de mierda nunca le ha agradecido todos los favores que Antonio Plasencia le hizo. Un abrazo, amigo, y me alegro de verlos tan bien a los dos, a Carmen y a Antonio, este hombre al pie del cañón, levantándose de madrugada para seguir al frente de su empresa. Canarios así hacen falta.