La guagua en el charco |
Las imágenes de la guagua metida en el charco en la Punta de la Carretera portuense son tremendas. Un pasajero salió por la claraboya gritando “¡Help!”, mientras el agua subía y subía y dos turistas jóvenes rezaban en el techo del vehículo, antes de ser rescatadas por los bomberos. Cayeron 90 litros/metro cuadrado en una hora y yo estaba en el balcón, como Isabel viendo llover en Macondo. Nadie como García Márquez ha descrito la lluvia, no me voy a tomar la molestia. Mi calle es una maravilla, la envía toda a la Plaza del Charco, que hizo honor a su nombre. Viví toda mi infancia en la Plaza del Charco y nunca vi nada igual que lo de la noche del martes. Había salido en el coche por la tarde, con Mini, pero me olí la tragedia y regresé a casa sobre las seis y pico, una hora antes de que comenzara el diluvio universal. Varias amigas me llamaron para interesarse por mí y no digamos mis hijas, preocupadas por lo que ocurría en el Puerto. No “en Puerto”, como dicen los iletrados de la tele canaria. Por cierto, da gusto escuchar -y ver- a compañeras como Marta Modino, segura, serena y gran profesional. Luego están las que juegan a pie de riada, superadas por los nervios; y las entiendo, porque la situación se puso peliaguda. La tele canaria se especializa en desgracias y lo hace muy bien. Las desgracias suben su audiencia sustancialmente. La desgracia está pegada a la televisión, más que a la radio. Porque el público desea ver y la radio sólo ofrece sonidos descriptivos. El otro día, un médico que almorzaba en Los Limoneros llamó a un amigo para preguntar si yo andaba con un taca-taca. Era el carrito de Mini, pero a lo mejor es que ya parezco un tullidito. ¡Coño!