Imeldo |
El pasado viernes murió Imeldo Bello, compañero de colegio, pintor, fotógrafo y amigo. Era hijo de otro fotógrafo inmortal, Baeza, que hacía poesía con el blanco y negro. Murió callado y sin pompas fúnebres posteriores. Su pintura era sencilla, de tajarastes y volcanes, de piedra muerta y de inspiración instantánea. Y su fotografía, de romería y rostro, de rasgos y de luz. Se iba a una romería y salía lleno de fotos del pueblo. Asistía a un combate de boxeo y captaba en sus placas el músculo y la trompada. Imeldo, admirador y amigo de Manrique, tenía un sentido estético de la vida que iba del arte a la rabia porque esto se masificara. Precisamente por eso discutimos una vez, cuando yo le pregunté: “Y si el turismo no viene, ¿de qué vivimos, de lo que generan los ecologistas y los artistas como tú?”. Se cabreaba. Pero era un cabreo como de risa, porque Imeldo siempre se reía, quería hacer felices a los demás. Con él desaparece un artista, un hombre de familia cuyas máximas dedicaciones eran para su mujer, Eloísa Ascanio, y para sus dos hijas. Estudió arquitectura, pero se aburrió y se hizo maestro. Vivió en El Hierro y construyó una casa entre pinos, que siempre estaba abierta a sus amigos. Convirtió en su estudio de pintura un viejo aljibe, en su casa del extrarradio de La Orotava, y empezó a repartir el archivo de su padre, que era un maestro de la fotografía. Una de esas fotos fue portada de un libro mío sobre el Puerto de la Cruz. Murió Imeldo, a mi edad, callado, rodeado de sus seres más queridos y seguro que opinando como siempre, en voz alta. Era una buena persona, un gran artista, un isleño de muchos kilates. Los tiempos de colegio están lejos, pero nunca se olvidan. Una vez, incluso, hicimos una película entre varios amigos y amigas, Estudio Cero. Muda, claro. ¿Para qué hablar?