Hollywood

A mí lo más que me gusta de Hollywood es el cartel de la colina, al que se suben los borrachos si logran llegar al lugar escarpado donde se despliega. En los cincuenta, en Hollywood se produjo la terrible caza de brujas de MacCarthy y en los años posteriores las declaraciones estrafalarias de los falsos demócratas y, por reacción, se originó una vanguardia política rancia de puertas para fuera de las lujosas mansiones. En Hollywood, por ejemplo, la peli titulada Roma, de Alfonso Cuarón, fue nominada diez veces a los Oscar en 2018 y a mí me parece un disparate porque Roma es una de las películas peores de la historia, a pesar de su León de Oro en Venecia. Lo mismo ocurre en estos días con Sinner (en castellano, Los Pecadores), que mezcla los vampiros con los asesinos del Ku-Klux-Klan. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Ha sido también muy premiada esta peli, aunque menos de lo que esperaba la crítica, que es muy particular, sobre todo en Los Ángeles. En España tenemos pocos críticos y algunos de ellos son muy malos. Almodóvar amenaza con otra obra maestra. Esperemos que no sea tan mala como Los amantes pasajeros y otras de similar autobiografía. Cuando me alojaba en el Beverly Hilton, emblemático hotel de la zona, yo corría todos los días por entre las mansiones de Beverly Hills y veía con mis ojos cómo se vive en Hollywood. Es una pasada. Por eso no me creo a Bardem ni a sus zarandajas, ni a Almodóvar y las suyas. Me creo a Garci, que ama el cine y es capaz de crear una obra de arte como Volver a empezar. Y me creo a Santiago Segura, que recauda siete millones de euros en un fin de semana, con la chorrada de Torrente, una peli llena de hilarantes cameos. Por cierto, Sinner tiene una cosa buena: la música, porque el blues es inmortal.


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