El llanto catalán |
Hombre, no se puede hablar de “los catalanes” porque no son todos iguales, pero yo empiezo a estar hasta el moño de ese sollozo regional. La prueba está en los políticos y en el fútbol. Empieza a ser recurrente que cada vez que pierde el Barcelona -que no son muchas, la verdad- su entrenador, un alemán contagiado de catalanismo de barrio, y sus celosos directivos, arremeten contra los árbitros, que casi siempre favorecen a su equipo. Los dirigentes de un club que estuvo pagando millones, durante años, al vicepresidente de los referees, un tan Negreira, por informes -que dicen que nadie leía- sobre sus colegas y con poder para ascenderlos y descenderlos. A Sánchez, en política, le han sacado de todo para ayudarlo a seguir ahí y lo único que no han conseguido, de momento, es que Puchi abandone Waterloo y regrese a Cataluña. Los peores son los charnegos, esos que los autóctonos llaman así (hijos y nietos de emigrantes andaluces y de por ahí), que se han vuelto catalanes irredentos, pero con ocho apellidos extremeños. Laporta, el presidente del Barsa, se pasa la vida haciendo cortes de mangas, ha perdido la moderación y cree que tienen los suyos que ganar siempre porque Lamine es el mejor jugador del mundo, su estadio el más grande del mundo y su moral mayor que la del Alcoyano, que es también como decir la más alta del mundo. Su llanto es constante y a mí me hacen gracia. Todos me recuerdan a aquel gran actor, José Sazatornil, en el papel de Artemio Bermejo en Todos a la cárcel, la grandísima película de Luis G. Berlanga. Un empresario catalán que se encarcela en la Cárcel Modelo de Valencia, el Día Internacional del Preso, para intentar cobrar una vieja deuda con la administración. Ya no se hacen películas así. Hasta Torrebruno tenía un papel en la peli. El llanto catalán nos va a ahogar.