El ágape

Hace un par de años convocamos un ágape, al que íbamos a asistir Elfidio Alonso, Paco Padrón, Antonio Alarcó, Juan-Manuel García Ramos y un servidor. Reservé una mesa para cinco en Los Limoneros y el día de la comida, muy temprano, empecé a recibir las excusas de los comensales para no asistir. Como ninguno creía al otro, todos adjuntaron la correspondiente prueba. Y me las enviaron a mí, que era el convocante, o al menos me habían adjudicado tal cometido. Elfidio me envió por WhatsApp la foto de su cabeza maltrecha por un chichón, producido por una inoportuna caída, con un vendaje que ocultaba una aparatosa herida, sanguinolenta. Paco Padrón aportó la tarjeta de embarque de Binter, correspondiente a un inesperado vuelo a Las Palmas. Antonio Alarcó, la foto de un quirófano en el que estaba operando de vesícula a un paciente, naturalmente preservando su identidad. Juan-Manuel García Ramos, una macabra gráfica de un féretro, en cuyo interior se suponía a un muerto, que estaba velando. En tales circunstancias, el único que tenía habilitado el día para almorzar era yo, que tomé nota de las excusas, todas ellas de enorme trascendencia, y llamé a Los Limoneros para suspender la comida. Perdimos nuestra oportunidad histórica para arreglar el mundo. Pero lo mejor de todo fue la precisión con la que los frustrados comensales enviaron sus documentadas excusas, que no ofrecían dudas de su veracidad. En el Puerto de la Cruz vivían dos hermanos, ricos ellos, Pedro y Sebastián Fernández. Antes, era común participar los viajes a las amistades. La tarjeta de visita de los hermanos era conjunta, pero solo iba a viajar al Caribe don Sebastián. Y escribieron, para aprovechar el cartoncillo: “Pedro y Sebastián Fernández… se despiden para Cuba. Pero Pedro no se va”. Y así se ahorraron una tarjeta nueva. Por eso eran ricos, por austeros.


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