El gafe |
Yo me había olvidado de que los casinos contratan gafes profesionales para que sus clientes no arramblen con demasiadas ganancias. Raúl del Pozo, paz descanse, lo niega en Noche de tahúres, pero yo voy a contar una anécdota significativa para demostrar que el gafe existe. Yo tuve muchos años trabajando para mí a un chófer, que era un gafe de reconocido prestigio. Lo demuestra, por ejemplo, el hecho de que en un solo día destruyera tres coches de la empresa. También he de reconocer que una vez realizó una maniobra prodigiosa para salvarme la vida –y la suya— en la autopista del Norte, cuando un coche se paró delante de nosotros, en una noche de niebla. Íbamos detrás, a toda velocidad. El Audi 6 que conducía hizo el resto: ni derrapó, ni culeó, sino que salió como una flecha del peligro. Una vez, yo estaba perdiendo 3.000 euros en el Casino de Santa Cruz. Para mí, siempre escaso de posibles, una tragedia. Me acordé de que el chófer me estaba esperando, por fuera del Mencey. Lo llamé por el móvil y le dije: “Entra y plácame al croupier”. Mi conductor se acercó al croupier y desde aquel mismo instante el tirabolas no dio ni una, pero ni una. Recuperé los 3.000 euros y gané otros 3.000, en una noche memorable. Tuvo el casino que cambiar al empleado por otro compañero. Los casinos suelen tener un gafe en plantilla, según se ha sabido siempre, un tipo al que nadie conoce, pero que tiene una tremenda pinta de cenizo. Yo los he visto, pululando por las mesas, con la quijada caída y la mirada tenebrosa, sembrando la desgracia por doquier. Empiezas a perder y a perder, sin solución de continuidad. Los burlangas confirman la existencia del gafe y le temen como a la peste. No se atreven a mirarlo a los ojos y huyen de ellos como del diablo. Joder.