El baúl |
Tengo que ordenar mi baúl. Lo compré, en la noche de los tiempos, en Los Ángeles (California) y viajó conmigo por todo el Estado. Luego lo facturé, en el avión de Iberia, lleno de cosas que traje de América. Ha servido de depósito de fotos, programas de televisión, documentos familiares y un montón de cosas que no recuerdo. Lo voy a abrir ahora para tirar lo que no sirve y ordenar lo que quiero conservar, pero no sé para qué. El baúl tiene un exterior con la bandera americana y nunca se perdió en mi media docena de mudanzas. Ha aparecido siempre. Creo que dentro hay hasta un reloj, pero no estoy seguro. Muchas de las fotos son del Puerto antiguo, algunas de ellas de Baeza, que supo captar como nadie la magia de mi pueblo, en blanco y negro. Con el baúl no ha podido el tiempo. Viajó por California en el techo de un furgón mierdoso que alquilamos Pepe Oneto, paz descanse, y yo, en un aeropuerto pequeño de no sé qué pueblo perdido. En California hasta algunos restaurantes tienen un aeródromo al lado. Hay uno muy famoso al que los clientes llegan con sus avionetas y aterrizan allí mismo, se bajan, almuerzan o cenan y se marchan. Mi baúl viajó por todos esos parajes, incluso por el parque nacional de Yosemite, que es una maravilla de la Naturaleza. Nos alojamos en un motel que tenía al lado un cementerio de perros y, a doscientos metros, una casa parecida a la de la peli Psicosis, de Hitchcock, situada en lo alto de una pequeña colina. Nadie tocó mi baúl, porque la bandera en los Estados Unidos se respeta. Lo voy a abrir, no sin cierto temor de encontrarme en su interior cosas olvidadas que no me gustaría recordar; pero hay que hacerlo. Un día les contaré lo que había dentro.