Días de radio |
Radio Burgado fue la segunda emisora ilegal de Canarias, tras Radio Libertad de Las Palmas. Contraté a Pepe Saigí, uno de los grandes técnicos de la historia de la radio y de la televisión en las islas, y un lugar en la antena de La Corona, cuyo propietario, Miguel, era -y supongo que es- una persona paciente, servicial y bondadosa. El enlace lo hacíamos desde Santa Cruz a Guamasa, a la casa de una vieja, a la que a cada momento se le iba la luz. Teníamos otra antena en La Esperanza, en la vivienda de una mujer que tenía una hija bellísima, a la que le faltaba un brazo. Los ratones se comían los cables de la antena, situada sobre un cobertizo, en la azotea. Yo hacía el programa desde mi chalé de La Orotava, acostado, somnoliento pero rápido. Usaba una línea de teléfono normal, un aparato portátil comprado en un indio que duró tanto como El Mañanero, más de una década. Dos anécdotas: los espacios en directo de Radio Burgado tenían tal respuesta popular que Telefónica me instaló gratuitamente dos líneas adicionales en el estudio de la plaza de Ireneo González porque colapsábamos una zona de Santa Cruz. Julio Luis Pérez es testigo de lo que digo. Y la otra: cada día iba gente a mi casa porque quería visitar la cama desde donde yo hacía el programa. Dejaba entrar a unos pocos, pero aquello llegó a ser una procesión. La puta envidia ha impedido que se haga justicia a Radio Burgado, que fue un símbolo de la radio libre, nada encorsetada y que se limitaba a recoger el ruido de la calle. Murió de éxito y yo cobré unos cuantos millones (de pesetas), tras su venta a Jaime Cortezo, una grandísima persona, que cometió el error de no seguir emitiendo con el mismo nombre. Un recuerdo para Enrique Carreras, delegado de Telecomunicaciones, que siempre me permitió sobrevivir.