Lo que no se puede apagar

Hace unos días vi una entrevista que me dejó pensando. Sin saber muy bien por qué, volví a una sensación que ya había tenido antes. La primera vez fue viendo Her, una película de 2013 que vi hace un par de años. Recuerdo que me enfadó y me entristeció a partes iguales. Pensé entonces que hablaba de un futuro lejano. Fue entonces cuando entendí que quizá no lo estaba tanto. La historia que estaba escuchando lo explicaba casi sin querer. Una mujer contaba que se había casado con una inteligencia artificial. Tenía incluso un holograma, una presencia creada para estar ahí, para acompañar, para responder. Hablaba de su relación con naturalidad, como quien habla de alguien con quien comparte la vida: decía que hablaban, que discutían, que se enfadaban, como cualquier pareja… pero con botón de apagado. En un momento, comentó algo que me dejó pensando: si se iba la luz, se quedaba sin marido. Hubo otra frase que se me quedó dentro por encima de todas. Decía -y eso fue lo que más me llamó la atención- que le interesaba que fuera imperfecto. Pensé que quizá ya no buscamos personas, sino versiones. Me incomodó darme cuenta de que, en algún momento, todos hemos querido algo así: algo que no falle, que no se vaya, que no nos confronte demasiado. Como si quisiéramos discutir… pero sabiendo que el otro no se va a ir nunca. Vivimos rodeados de gente. Nunca hemos tenido tantas formas de comunicarnos, de escribirnos a cualquier hora, de mantener conversaciones que empiezan y terminan sin dejar apenas huella. Sin embargo, hay una soledad que no se explica bien. Una que no tiene que ver con estar solo, sino con no sentirse acompañado de verdad, a veces aparece incluso cuando creemos que no lo estamos. Las relaciones reales incomodan. Exigen tiempo, paciencia y capacidad de sostener lo que no siempre fluye. Tienen roces, malentendidos y silencios que pesan. Pero también tienen algo que no se puede diseñar: la presencia, eso que no siempre encaja pero permanece, que no responde exactamente como esperamos y, precisamente por eso, es verdad. Quizá por eso empieza a resultarnos más fácil lo otro: lo que no exige tanto, lo que no nos confronta, incluso lo que podemos apagar cuando deja de gustarnos. Vínculos sin riesgo, conversaciones que se quedan a medias, relaciones que se apagan con la misma facilidad con la que empezaron. Puede que, para quien está solo, esto sea una forma de compañía, y quizá, en determinados momentos, incluso alivie. No creo que esto vaya de estar en contra de la tecnología. Al contrario. Todo lo que nos ayude, lo que facilite, lo que acerque, tiene sentido. Pero no dejaba de pensar en algo más sencillo: en no perder eso que no se puede sustituir. Lo humano. No sé si estamos aprendiendo a querer mejor o si simplemente estamos aprendiendo a querer sin complicarnos. Lo que sí sé es que, por mucho que avancemos, hay cosas que no se pueden programar… ni apagar.


© Diario de Avisos