Alegal

17 de marzo 2026 - 03:06

El aire venteaba a pólvora dulce, el estruendo todavía vibraba en las paredes después de la mascletà, el humo suspendido sobre los tejados como una niebla tibia, el olor de los buñuelos mezclado con el del azahar que empieza a despertar en los árboles, a calles latiendo como si fueran un solo corazón. Ese día había algo distinto. Quizá era la luz dorada que caía entre los balcones o el murmullo constante de la gente que caminaba sin prisa. Las Fallas tienen esa capacidad de hacer parecer todo casual, improvisado, como si la ciudad jugara a juntar destinos. La pulsera verde en la muñeca para acceder al garito de moda. La iluminación era tenue, suficiente apenas para dibujar contornos. Quizá por eso las miradas se vuelven más precisas en esos ambientes eclécticos. Cuando falta claridad, los ojos buscan con más intención. No era una mirada curiosa ni pasajera. Era algo más hondo, más sereno, como si ambos entendieran, sin palabras ni explicaciones, que a partir de ese momento algo en sus caminos ya no caminaría solo.

Él estaba vestido completamente de negro. No era un negro cualquiera, sino de esos que parecen hechos para no pedir atención y, sin embargo, la atraen. Había en su manera de estar una quietud poco común en medio del caos, como si observara el mundo desde un lugar ligeramente apartado. Un negro sobrio, elegante, de los que no buscan destacar y aun así terminan dominando la escena. En su presencia una serenidad particular, una forma de estar que parecía ajena al ruido exterior de la ciudad en fiestas. Ella enfundada en unos jeans sencillos, de los que se usan sin pensarlo demasiado; al cuello, la pañoleta de la Virgen, ese pequeño símbolo que en Valencia se lleva casi como una segunda piel en estos días, una mezcla de tradición, orgullo y pertenencia. Fue más bien un reconocimiento extraño, inexplicable, como cuando uno abre una puerta que no sabía que estaba buscando.

Durante ese instante la música estridente, la bachata y el alcohol, parecieron alejarse un paso. Fue un instante breve, casi invisible para cualquiera que estuviera cerca. Dos miradas que se encontraron entre la multitud como si se reconocieran de antes, aunque no hubiera pasado nunca. No fue sorpresa, ni tampoco desconcierto. Fue más bien la sensación extraña de haber llegado a un lugar que, de algún modo, ya existía dentro de uno. Hay encuentros que no empiezan cuando ocurren, sino mucho antes. En ese instante, el ruido se volvió lejano, como si la ciudad hubiera decidido darles un pequeño espacio en medio del bombardeo. Hay personas a las que es imposible regalarles algo material: lo tienen todo, o al menos todo lo que se puede comprar.

Pero hay regalos que no caben en una caja, ni se envuelven con papel brillante. Hay regalos que simplemente suceden. A veces la vida no necesita grandes señales. A veces la vida se transforma en silencio. Basta un segundo. Dos ojos que se encuentran y, de repente, dejan de mirar al mundo para mirar en la misma dirección, sin tan si quiera saber su nombre. Con R de Reina.

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