Lo que escuchamos sin querer |
18 de abril 2026 - 03:08
Hay escenas cotidianas que acaban convirtiéndose en espectáculo. En una farmacia, una mujer sostiene el móvil frente a su rostro, con el altavoz activado y la farmacéutica en espera, como si no mereciera su atención. La conversación al otro lado del teléfono pone en pausa lo que ocurre delante de ella y la charla deja de ser solo suya. Pasa a ser de todos: de quien espera turno para una receta, de quien mira el reloj, de quien solo iba a comprar un medicamento y acaba sabiendo la talla del vestido de una desconocida. No es un caso aislado. Ocurre en trenes —también en los llamados vagones silenciosos—, en restaurantes donde varias mesas se convierten en audiencia de una misma conversación, o en una oficina de Correos donde los usuarios son testigos de una ruptura amorosa. El altavoz convierte lo privado en ambiente y la intimidad en un rumor compartido.
Nadie interviene. Nadie protesta. Nos hemos acostumbrado. Y cuando alguien se plantea decir algo, sabe que probablemente no servirá de nada. Que la respuesta será incómoda, incluso hostil. Que el altavoz seguirá encendido. Al final, por evitar el conflicto, dejamos que ocurra. No porque estemos de acuerdo, sino porque hemos aprendido que señalarlo tiene más coste que soportarlo.
Durante mucho tiempo, compartir espacio implicaba una forma de convivencia silenciosa. Estar juntos no significaba saberlo todo del otro, sino respetar una distancia que protegía la intimidad. Hoy, sin embargo, esa frontera parece haberse desplazado. No hace falta querer escuchar para terminar haciéndolo. Basta con estar. Los versos de Walt Whitman —«Yo me celebro y me canto, y cuanto es mío también es tuyo»— adquieren hoy un sentido distinto cuando el espacio común se ha convertido en un altavoz de intimidades que nadie ha pedido escuchar.
Quizá por eso sorprende tanto el silencio cuando aparece. En algunos países, como Suiza, el transporte público conserva todavía una calma que no necesita ser reclamada. El silencio forma parte del acuerdo y no es una excepción. Aquí, en cambio, parece haberse vuelto extraño. Y el derecho a encender un altavoz anula el derecho a un espacio común. Puede que no todo lo que es nuestro deba ser, necesariamente, compartido con los demás.
También te puede interesar
Ormuz: la llave del mundo que fue hispánica
Otro error no forzado de Feijóo
Lo que escuchamos sin querer
Todos contingentes, ¡menos usted!
Lo que explica los nuevos máximos
Nuestra patria islamista
Listas de espera: un problema que crece