El carácter
25 de abril 2026 - 03:10
Incluso cuando la ciudad era solo un trazo en Venganza en Sevilla, la pluma de Matilde Asensi captó algo más que un escenario. La Sevilla de las Indias no era tan distinta de la actual. Cambian los edificios, el ruido del puerto, el bullicio de sus calles, pero no el pulso que la define. No ese carácter que se reconoce en las mismas puertas del Arenal, como si la ciudad hubiese aprendido a transformarse sin dejar de ser.
Sevilla no puede explicarse con una feria. Intentarlo sería como pretender resumir un carácter en una fotografía: se reconoce, sí, pero nunca se comprende del todo. Lo de la capital hispalense es una forma de estar en el mundo, una herencia que no se disimula. Pasa de generación en generación como quien transmite un gesto, una manera de mirar, una forma de ocupar la calle. El traje de flamenca, la flor, el mantón o la peineta no son un disfraz de primavera; son una continuidad que el visitante observa sin llegar a descifrar.
Cada primavera, la ciudad levanta otra ciudad efímera. Farolillos, albero, casetas. Todo parece dispuesto para ser observado y fotografiado. Y, sin embargo, lo esencial no está en lo que se ve, sino en lo que se repite.
Es difícil de entender para quien llega de fuera —es decir, para casi todos—. Porque lo que ocurre en el Real no es solo música, ni palmas, ni volantes. No empieza cuando se enciende el alumbrado ni termina cuando se apagan las casetas. Viene de antes, de mucho antes. Es la identidad que no se ensaya.
Los del Río cantan que Sevilla tiene un color especial, y no es solo una frase: es una declaración. No todas las ciudades se hacen presentes en el mapa con la naturalidad de una canción. Algunas lo intentan. Replican la forma, pero les falta el arraigo.
Sevilla no improvisa su identidad: la sostiene. Y sostener, hoy, es casi un acto de rebeldía. Mantener una forma de vestir, de celebrar, de relacionarse, cuando el mundo empuja hacia lo uniforme, exige costumbre y convicción.
Por eso la ciudad no es un museo. Es una cultura viva que se transforma sin romperse, como un vestido que cambia de complementos, pero en esencia conserva sus costuras. La ciudad ha cambiado, pero hay algo que permanece intacto, como un hilo invisible que conecta el origen con el presente. Como esa canción que sigue sonando en el Real.
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