El arte de perder |
11 de abril 2026 - 03:07
Elizabeth Bishop escribió que el arte de perder se domina fácilmente, que las cosas parecen decididas a extraviarse y que la pérdida no debe ser un desastre. Recomienda, incluso, perder algo cada día para habituarse a la angustia. Desde que descubrí el poema, sus palabras se convirtieron en una forma de estar en el mundo. Aprender a aceptar me liberó del peso de perder un objeto, un lugar o incluso el tiempo. Hay en esa idea una promesa de control, una forma de domesticar lo inevitable, de reducirlo a una rutina casi inofensiva. Pero hay dos certezas para las que su teoría no es válida: la pérdida del amor y la pérdida de la vida.
Hace unos días viajaba desde Madrid con el llanto de una mujer sentada a mi lado. Hablaba por teléfono con su familia mientras repetía, entre lágrimas, el nombre de la mujer asesinada en la pedanía de Rioja. Durante horas buscó consuelo al otro lado de la línea, como si las palabras sostuvieran lo que ya se había roto. Escuché cómo hablaba de los niños y de la prensa que merodeaba por la finca a la espera de una imagen. A veces se nos olvida que las tragedias, además de ser noticia, son la intimidad de alguien y su dolor.
Sentía empatía. Aunque es imposible ocupar el lugar del otro, llega un momento en que el dolor ajeno se reconoce sin necesidad de explicaciones. No sabía entonces que, al llegar a casa, la pena dejaría de ser ajena y me tocaría llorar y despedirme.
Creemos que la vida se rompe en momentos excepcionales, pero quizá no sea así. Quizá la vida, como el mar, siempre está en movimiento y lo único que cambia es ese instante en que somos conscientes de la ola. Hay un ritmo que no vemos, una sucesión de pequeños desplazamientos que preparan, sin avisar, el golpe final.
Las leyendas del mar cuentan que existe una séptima ola fuerte e intensa que lo cambia todo. Es el instante en el que la vida que conocíamos deja de existir. Hay cambios que avanzan en silencio, casi sin que los advirtamos. Y hay otros que irrumpen sin aviso, como una ola que rompe y lo desordena todo, que arrastra incluso aquello que creíamos a salvo.
La pérdida de la vida no se domina nunca ni se convierte en costumbre. Tampoco admite ensayo ni repetición. Pero quizá, como escribió Bishop, el error no esté en perder, sino en creer que alguna vez podríamos evitarlo.
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