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El arte de detenerse

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21.03.2026

21 de marzo 2026 - 03:08

La voz de Hugo Mújica mantiene en silencio la sala del Instituto Cervantes. Su cadencia es pausada, casi meditativa, como si cada palabra necesitara respirar antes de llegar al público.

Al otro lado de las puertas, la ciudad continúa con su ajetreo habitual de coches y semáforos. La calle sigue su curso como si nada pudiera interrumpirla. Dentro, sin embargo, el tiempo parece haberse detenido.

La poesía de Mújica habla de crecimiento y transformación. Sus versos recorren las inquietudes esenciales de la vida —la existencia, el paso del tiempo, incluso la muerte— con la serenidad de quien ha aprendido a escuchar antes de responder.

Su historia no comenzó en la literatura. A los trece años empezó a trabajar en una fábrica de vidrio cuando su padre quedó ciego y la familia necesitó su ayuda. A los diecinueve se marchó de Argentina en plena búsqueda personal. Llegó a Estados Unidos con unos pocos dólares en el bolsillo. Allí se adentró en el estudio de la filosofía. Ese fue el inicio del camino que lo llevaría a convertirse en uno de los grandes poetas en lengua española, reconocido este jueves con el prestigioso Premio Fundación Loewe.

Su voz transmite una calma que hoy resulta extraña. Sus palabras se mueven sin prisa, pero nuestras vidas avanzan como si siempre llegáramos tarde: al trabajo, al metro, a los hijos, a la escuela. Nos gobierna el segundero de un reloj que nunca se detiene y que parece marcar el ritmo de todo lo que hacemos.

La historia cuenta que Isaac Newton comprendió la gravedad cuando una manzana cayó de un árbol. No fue la manzana lo decisivo, sino el instante de quietud que le permitió hacerse la pregunta correcta.

Las grandes ideas rara vez nacen en medio del ruido. Necesitan silencio, tiempo, una pausa que permita mirar lo cotidiano con otros ojos, como ocurre con la poesía, que no se impone ni se precipita, sino que aparece cuando alguien decide detenerse lo suficiente para escuchar.

Tal vez por eso las respuestas importantes no aparecen cuando corremos. Aparecen, en cambio, cuando, por un momento, somos capaces de detenernos y escuchar lo que sucede a nuestro alrededor. Porque vivir —como escribir un poema— no consiste en apresurarse, sino en saborear cada instante como si fuera irrepetible.

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