Jugar con fuego |
15 de abril 2026 - 03:08
No hay que ser un gran psicólogo para entender el proceso mental que ha llevado a Begoña Gómez –esposa del presidente del Gobierno– a actuar de una forma que ha causado su procesamiento por cuatro delitos bastante graves, sobre todo el de tráfico de influencias y apropiación indebida. De momento, Begoña Gómez no ha sido juzgada y sigue siendo una persona inocente, pero basta repasar lo que hizo con la famosa cátedra en la Complutense para caer en la cuenta de que jamás debería haberse metido en ese lío. Y entonces, ¿por qué lo hizo?
Mi teoría –y yo creo que cualquier psicólogo podría refrendarla– es que su problema era un grave complejo intelectual y social. No olvidemos que su única titulación académica conocida es un diploma más que dudoso en una academia no universitaria y que su padre se ganaba la vida con esa clase de negocios que un niño normal no puede revelar ante sus compañeros de estudios. Lo normal, en estos casos, es un grave complejo social que acaba convirtiéndose en un resentimiento incurable, y más aún cuando esa persona se casó con quien se casó y empezó a moverse en los círculos de la economía y la política, donde la gente suele tener un título universitario (o finge tenerlo, que esa es otra). El caso es que ese doloroso complejo personal –por ser una persona de orígenes sociales turbios y sin una titulación académica– la obsesionó hasta el punto de que se empeñó en hacerse pasar por catedrática universitaria. Por desgracia, su disciplina se centraba en temas de mercadotecnia y consultoría, lo que la obligaba –y ahí fue cuando realmente se metió en terreno minado– a tratar con empresas privadas que podrían llegar a ser beneficiadas de alguna manera por el Gobierno que presidía su marido.
¿Por qué nadie le aconsejó que no era prudente hacer lo que hacía? Una persona inteligente debería haberse dado cuenta del peligro, pero se ve que no hubo personas inteligentes a su alrededor, sino que prevaleció la adulación de sus subalternos y la arrogancia de sus íntimos, empezando por su propio marido, que se creía por encima de los demás y por tanto a salvo de toda crítica. Pues ya ven cómo ha terminado todo. Y lo más triste –y ridículo– es que todo fue por la simple necesidad patológica de empoderarse. Ay, los complejos, cuánto daño pueden hacernos.
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