El lado correcto de la Historia |
18 de abril 2026 - 03:08
El gran Simon Leys, que era sinólogo y conocía de primera mano la historia reciente de China porque vivía en Hong Kong cuando tuvo lugar la Revolución Cultural del presidente Mao, se quejaba amargamente de que los intelectuales occidentales hablaran en términos elogiosos de China sin saber nada de lo que ocurría allí. En cambio, Simon Leys conocía a docenas de chinos que habían huido de la Revolución y que le habían contado la verdad de lo que había sucedido allí en los años 60, cuando cualquier persona que hubiera sido acusada de burgués y decadente –por leer novelas occidentales o escuchar música occidental– era paseada con un ridículo capirote en la cabeza mientras recibía los puñetazos y los escupitajos –y muchas veces los tiros en la nuca– de los fogosos estudiantes universitarios que agitaban el Libro Rojo de Mao y gritaban sin parar consignas revolucionarias. En España incluso llegó a haber una Joven Guardia Roja que se proclamaba maoísta (asombrosamente, tuvo bastantes seguidores en Andalucía), y uno se pregunta si alguno de aquellos aprendices de guardias rojos habría sido capaz de aguantar una semana seguida en la China de Mao. El caso es que hoy en día, 60 años más tarde, se conoce mal lo que ocurrió en China durante la Revolución Cultural de Mao –hay pocas fotos y el actual Gobierno chino ha procurado ocultar en lo posible toda la información–, de modo que todo aquello parece no haber sucedido jamás.
Lo más interesante de todo es que el actual Gobierno chino, por muy capitalista que sea en cuanto a la gestión económica, no ha variado en absoluto su forma totalitaria de ejercer el poder. En China no hay libertad de prensa, ni sindicatos, ni un sistema judicial independiente ni ninguna de las garantías democráticas que disfrutamos los occidentales. Y no conviene olvidar que China es el país que lleva a cabo más ejecuciones en todo el mundo y que los uigures musulmanes de Asia Central están obligados a vivir encerrados en un inmenso campo de concentración.
En estas condiciones, ¿cómo podemos creernos la patraña de que la China de Xi y la España de Sánchez están en el lado correcto de la Historia? ¿Qué clase de broma macabra es esa? ¿Y cómo es posible que las almas bellas puedan creerse esas paparruchas? Misterio absoluto, amigos.
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