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Kilómetros de Amistad

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thursday

02 de abril 2026 - 03:10

Ayer volvimos a elegir la carretera más sinuosa y el trazado más largo, esta vez rumbo a La Manga del Mar Menor. El destino importa poco, el camino es lo esencial. Con el tiempo he aprendido a valorar las curvas y las carreteras de montaña, igual que en la vida. Desde que Álvaro alcanzó la mayoría de edad solemos salir de ruta tres motos, él, Pepe que es su padre, y yo.

Con Pepe me une una relación muy especial que empezó cuando apenas levantábamos unos palmos del suelo. No nos gustaba el fútbol y preferíamos explorar los extrarradios del pueblo. Levantábamos mapas con hitos que sólo nosotros sabíamos interpretar. Un olivo seco, una balsa de riego, marcaban nuestro camino. Sin darnos cuenta aprendimos que el territorio se comprende y se protege cuando se valora y nombra con precisión. Con la amistad sucede lo mismo.

Guardo con cariño una de nuestras travesuras, organizada gracias a la autoescuela del padre de Pepe, un gran hombre adelantado en muchos aspectos a su tiempo. Nos fabricamos unos “Carné de Bicicleta” que imitaban con demasiada fidelidad los permisos de conducción de la época. En realidad, cambiamos el vehículo, quién firmaba y poco más. Aquellos documentos fueron una declaración de independencia, del gusto por salirnos de las trazadas habituales, tomando conciencia de que moverse no es sólo desplazarse, sino sentir por donde pasamos.

Llegaron los años y con ellos las curvas más cerradas y los obstáculos que no figuran en ningún mapa. La vida guarda sorpresas sin previo aviso. En esos tramos han estado Pepe y Martín, también en los buenos. Hay amistades que no reclaman atención ni grandes titulares, pero siempre están ahí, y su aporte silencioso desactiva muchas espinas. Qué fortuna que Álvaro se sume a menudo, su mirada joven ajusta nuestra trazada y alarga la felicidad del viaje. La Transpirenaica fue un claro ejemplo, viaje épico y disfrute pleno.

Sé que esta reflexión cabe en una columna de Ciencia del Campo. De hecho, la sostiene. La agricultura enseña que lo verdaderamente valioso, necesita cuidado, tiempo, constancia y cariño. La amistad funciona igual.

No existen recetas mágicas, pero siempre que se pueda, elegir la carretera secundaria, menos concurrida y más larga, nos dará mayores satisfacciones y sentido a la vida. Dedicar tiempo a lo que nos hace felices y a quienes nos hacen mejores. Llegar juntos. Ahí es donde el camino adquiere sentido.

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