Anagnórisis |
21 de abril 2026 - 03:05
Vaya palabrita. Me tropecé con ella el otro día en mi casa, mientras me dirigía al balcón donde conversaban (es decir, más que argumentar, se dejaban llevar por las palabras a sitios nuevos) mis queridos Santiago Alba Rico y José Oliver. “Anagnórisis, acción de reconocer. Reconocimiento de la identidad de un personaje por otro u otros”. En ocasiones se dan casos de anagnórisis profunda, intenté decirles. Pero como no se me venía el palabro a la cabeza, puse un ejemplo. Sin esoterismos: una vez me presentaron a una mujer maravillosa a la que no había visto jamás, pero era como si la conociera de siempre. Por esta vez no idealicé ni proyecté mis expectativas. Sencillamente, fui capaz de verla.
Digo lo de la idealización y expectativas porque a menudo tiendo, no a dejar de ver a las personas, sino a ver en ellas más de lo que hay. Tal autoengaño me ha costado decepciones –merecidas– tamaño familiar. Tiene su origen, sospecho, en la infancia: de chinorris, albergamos fe en que, quienes se encargan de nosotros y los que salen en los libros y en los periódicos, saben quiénes son, qué quieren, qué hacen, dónde van. Que son honestos, valientes, íntegras. Entre que nos resistimos, unas a pasar el desgarro de perder tan alta fe, y otros a dejar caer tan alta máscara, se nos puede ir la vida en tramitar el desengaño.
Las buenas noticias son dos: la primera, que últimamente todo está a la vista. Que por fin los viles no esconden su vileza, ni lo estamental sus estamentos, ni los crueles su radical crueldad. Van con el culo al aire. Que el rey va desnudo, aunque esté a la vista de cualquiera, hay que decirlo más. Que levanten la liebre y la voz Agamenón y su porquero. Es lo que, creyentes y no, le hemos agradecido a León XIV: claridad y coherencia en alguien con poder, que deja en evidencia a tantísimo don Guido –de mozo, muy jaranero, de viejo, gran rezador–, aquí y en Austin, Texas. Los que ya lo van enseñando todo serán escuela para quienes aplauden, hocican y sueñan con ser como ellos, pero también para quienes ni callan ni se engañan ni se arrodillan. La segunda buena noticia es que en todas partes he visto –válgame otra vez don Antonio– buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y que –¡anagnórisis!– reconocemos (no hay fallo) de corazón. De escogerlas, nos iremos escogiendo.
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