Flores en la tumba del último Sha de Persia

Creado: 02.03.2026 | 05:00

Actualizado: 02.03.2026 | 05:00

El pasado verano tuve la oportunidad de visitar la tumba de Mohammad Reza Pahleví, último Sha de Persia, que reinó desde 1941 hasta su derrocamiento y exilio tras la Revolución iraní de 1979. El mausoleo se encuentra en una sala lateral de la imponente Mezquita de Al-Rifa’i, en El Cairo. El sepulcro, de un mármol jaspeado de verdes y ocres, con el escudo imperial en bajorrelieve, estaba inmaculado. Lo rodeaban algunas flores, lo que me sugirió que el lugar seguía siendo visitado y cuidado por nostálgicos de la monarquía persa. En la estancia, de unas dimensiones considerables, no había mucho más. Tansolo una solitaria bandera roja, blanca y verde, con un león armado con un sable, ante un sol naciente.

Este es el mismo emblema que estos días ha aparecido en calles de todo el mundo –incluida Barcelona–, a raíz de la operación militar de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolás, y desde la confirmación de la muerte del Líder Supremo Alí Jamenei. Son muchos los miembros de la diáspora iraní que aspiran a que Reza Ciro Pahlaví, hijo del último Sha, ocupe el trono de su padre y gobierne en su país, pero ni las flores frescas del mausoleo egipcio del Sha, ni el alegre enarbolar de su bandera en plazas occidentales, son un motivo de peso para pensar que eso vaya a ser posible. Por mucho que el propio Reza Pahlavi, que vive en Estados Unidos, se haya canddiatado y haya pedido a los funcionarios del régimen iraní que le «declaren su lealtad». Por mucho que algunos medios y analistas lo presenten como una posibilida plausible y asequible.

De momento, el régimen de los ayatolás ha optado por poner al frente del país a un triunvirato formado por el actual presidente iraní, el reformista Masoud Pezeshkian; el jefe de la judicatura, Gholamhossein Mohseni; y el clérigo Ali Reza Arifi, muy cercano a Jamenei. Por su parte, Estados Unidos e Israel, que todavía no han conseguido derrocar –aunque sí herir de muerte– al régimen, tampoco han presentado una alternativa. No parece haber un plan para sustituir a Jamenei. O para evitar un vacío de poder o posibles luchas internas o regionales.

Todas las opciones son delicadas. Y la historia nos recuerda lo complicadas que son las transiciones tras una intervención extranjera. Y, si no, recuerden el caso de Irak. Y Líbia. Y Afganistán. Y, veremos, Venezuela. Los regicidios y magnicidos –los derrocamientos a sangre y fuego, en general– nunca salen gratis, ni son fáciles de gestionar.


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