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Dilma, la incondicional

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tuesday

Nadie recuerda a Dilma Rouseff como “la primera presidenta de Brasil”.

Sino como la incondicional de Lula que pagó con su cargo y el descrédito público haber encubierto la corrupción generalizada del lulismo.

Dilma nunca fue acusada de haberse robado un solo real, pero la lealtad mal entendida hacia un líder la puso en la mente de los brasileños como una ladrona más, sin haberlo sido.

Ella fue destituida por maquillaje en las cuentas fiscales y emitir decretos que -según la acusación- debieron contar con la aprobación del Congreso.

Nada tan tremendo como para que la echaran del puesto. 

Lo que la sacó del Palacio de Planalto fue la protección política que dio a esa suerte de Estado paralelo del Partido de los Trabajadores encabezado por Lula da Silva.

Lula la escogió a ella como candidata presidencial porque era la única integrante de su círculo cercano que no era vulnerable a las acusaciones de corrupción.

Ya en el gobierno, Dilma cometió el error de renunciar a una identidad propia y se asumió como una extensión del lulismo

Conservó las alianzas clientelares corruptas del expresidente, y era Lula quien tenía la última palabra en las candidaturas estatales y en el Congreso federal.

Su autoridad era débil ante la poderosa sombra de su mentor político, ella lo asumió gustosa.

Para no perjudicar a los aliados de su antecesor, Dilma no desmontó las redes delictivas al interior de la petrolera estatal, y le estalló a ella el mega caso de corrupción en Petrobras, con la operación Lava Jato, que derivó en alrededor de mil órdenes de aprehensión (Brasil tiene independencia de poderes).

Al salir de la cárcel.

Lula ganó nuevamente la elección presidencial y ahora va de nuevo por la reelección porque su partido no tiene cuadros de prestigio.

¿Y Dilma?

La hija de un inmigrante búlgaro que se convirtió en la primera presidenta de Brasil está en la segunda fila en los mítines de Lula.

Quien probablemente va a perder.

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