Nuevo León: el estado rehén del espectáculo y la desfachatez

Está fallando por algo más profundo y más doloroso: hemos normalizado un gobierno sin método y un poder sin responsabilidad. 

Desde hace algunos años se nos dijo que gobernar era comunicar, confrontar y mantener la atención pública. 

Que la política debía ser disruptiva, ruidosa, emocional. 

Hoy nos damos cuenta que ese experimento tiene un costo alto: instituciones debilitadas, presupuestos entrampados, decisiones erráticas y una ciudadanía exhausta. 

Nuevo León no está gobernado: está administrado desde el ruido.

Y cuando el ruido sustituye al gobierno, el Estado deja de cumplir su función esencial: servir a la sociedad. 

El problema ya no es coyuntural. 

Es estructural. (y un problema estructural tiene que ser extirpado).

Cuando el poder pierde el sentido del límite

Todo gobierno democrático está obligado a reconocer límites: la ley, el presupuesto, las instituciones y la verdad. 

En Nuevo León esos límites se volvieron estorbo. 

Se gobierna como si el Estado fuera propiedad personal y no un encargo temporal de la ciudadanía. 

La mentira se normalizó. 

La culpa siempre es de otros. 

El conflicto permanente se convirtió en método. 

Y así, paso a paso, el poder dejó de rendir cuentas para empezar a justificarse.

El daño no es político, es social

El fracaso de gobierno no se mide en encuestas, likes o trending topics. 

Se mide en movilidad colapsada, en servicios públicos deficientes y son serias carencias, en inseguridad persistente y en familias que viven con incertidumbre.

Cada decisión mal tomada tiene rostro.Cada presupuesto mal ejercido tiene consecuencias.Cada confrontación innecesaria tiene un costo social.Cuando el Estado se vuelve rehén del........

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