Milo J, Gabriel y el abandono

Así terminaba el día en que el almanaque me marcaba los 56 años. 

El destino, con su ironía perfecta, nos había citado en el concierto de Milo J, el muchacho de Morón, Argentina, que parece llevar un siglo en la garganta. 

A mi lado, la estampa de la pureza: 

Una niña y un niño de escasos siete u ocho años, vistiendo la camiseta albiceleste con el 10 en la espalda. 

A sus flancos, papá y mamá compartían  el mismo ritmo, la familia entera escuchaba, cantaba y bailaba, fundida en esa marea de miles de adolescentes encantados por la magia y la poesía de unas canciones que viajan sin pasaporte entre el trap, el rap, el pop, las baladas y esos toques nostálgicos del folclore argentino. 

Comenzó el ritual. 

No fue un concierto ordinario, la voz de Milo J entró al recinto con la gravedad de un rezo, una letanía de alabanzas donde la música no solo agitaba los cuerpos con saltos y........

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