Trump y la tinta negra

Hubo un tiempo, que ahora parece lejano, en el que los conservadores estadounidenses se enorgullecían de aquello que consideraban decencia, su compromiso con los valores familiares y su insistencia en que el carácter es importante en una persona, y más cuando ésta detenta responsabilidades importantes. Machacaron en su día a Bill Clinton por mentir en el caso Lewinsky. Denunciaban con vehemencia la decadencia moral del establishment, y advertían que el endurecimiento del discurso público tendría consecuencias para su país. Ahora se reúnen en recepciones navideñas y aplauden educadamente mientras un hombre de 79 años suda bajo su traje, balbucea sobre serpientes, se burla de las mujeres que le recuerdan a su hija e insiste en que las elecciones que perdió fueron un robo.

En su literalidad, la ley de transparencia promulgada a final de año por Trump, ley que pasó meses intentando sabotear, es casi perfecta. Se suponía que el público estadounidense recibiría algo parecido a la transparencia. Se trata de una ley que Trump finalmente firmó tras ser literalmente arrastrado a ello por miembros de su propio partido, y en la misma se prohíbe explícitamente al Gobierno retener documentos por riesgo de vergüenza, daño a la reputación o a la sensibilidad política. La verdad es que la podría haber impreso en papel mojado. En cambio, lo que el Departamento de Justicia divulgó en diciembre fue una lección magistral sobre el arte de la obcecación burocrática, miles de páginas en las que el texto había sido sustituido por tachaduras negras. Sumando lo censurado, serían unas 550 páginas completamente ilegibles. Entre ellas 119 páginas de testimonios del gran jurado de Nueva York, documento que presumiblemente contiene el material más sustantivo sobre cómo un conocido pedófilo logró evadir todo un proceso federal.

El Departamento de Justicia al parecer opina que........

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