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Cuando la guerra cambia más deprisa que el Derecho

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05.08.2026

Durante décadas nos acostumbraron a pensar que la guerra del futuro sería rápida, quirúrgica y tecnológicamente eficiente. La Guerra del Golfo, Kosovo o Libia parecían confirmarlo: superioridad aérea, armas de precisión y campañas breves. Otra cuestión eran sus consecuencias para los no combatientes, que siempre acaban siendo quienes afrontan las consecuencias del horror, de la miseria y de la muerte.

Los últimos años han desmontado buena parte de esas tesis. La invasión rusa de Ucrania y la guerra regional que enfrenta a Israel, Estados Unidos e Irán –junto con Hamás, Hezbolá, los hutíes y otras milicias vinculadas a Teherán– no sólo están transformando la forma de hacer la guerra, sino que obligan a preguntarse si el Derecho Internacional Humanitario dispone de herramientas suficientes para responder a los conflictos del siglo XXI. Ambos escenarios parecen pertenecer a épocas distintas. Ucrania ha devuelto a Europa imágenes que creíamos desterradas: trincheras, campos de minas, fortificaciones y artillería disparando miles de proyectiles diarios. Fabricar munición, sostener la logística y reponer pérdidas vuelve a ser tan importante como la estrategia.

Pero esa vuelta al pasado resulta engañosa. Nunca un territorio había estado sometido a semejante vigilancia. Miles de drones, satélites comerciales, guerra electrónica e inteligencia artificial convierten casi cualquier movimiento en visible. La sorpresa resulta mucho más difícil y, paradójicamente, matar civiles mucho más fácil. Para quien aprieta el botón a miles de kilómetros, la guerra empieza a parecerse a un perverso videojuego.

Oriente Próximo ofrece otra enseñanza. No asistimos sólo a un enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán, impulsado por Israel, sino a todo un conflicto regional. Aquí el objetivo ya no sólo consiste en conquistar territorio. Se trata de........

© Deia