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El movimiento LGBT: ¿Influencia necesaria o poder que hay que vigilar?

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08.09.2026

En las democracias modernas, los grupos de presión ocupan un lugar importante en la vida pública. Asociaciones, sindicatos, organizaciones profesionales, ONG o colectivos activistas tratan de hacer oír sus reivindicaciones ante los responsables políticos y la opinión pública. Como afirma Tocqueville: “En los países democráticos, la ciencia de la asociación es la ciencia madre”. Todos nos asociamos. El problema no es asociarse, es creer que solo tu asociación tiene la verdad. Las asociaciones que defienden los derechos de las personas LGBT forman parte de esta realidad. Sin embargo, su actuación se ha convertido en un tema especialmente delicado, ya que aborda cuestiones sociales que suscitan fuertes convicciones: la familia, la educación, la libertad de expresión, la discriminación, la identidad de género, la identidad y la igualdad ante la ley. No obstante, hablar de “grupo de presión gay” o de “grupo de presión LGBT” puede resultar engañoso. No existe una única organización que represente al conjunto de las personas homosexuales, bisexuales o transgénero. Las personas LGBT, al igual que el resto de los ciudadanos, tienen opiniones políticas y sociales muy diversas. Algunas participan en asociaciones activistas, otras no lo hacen en absoluto. Algunas son progresistas, otras conservadoras; algunas están muy politizadas y otras apenas se interesan por la política. Por lo tanto, es preferible hablar de grupos y asociaciones LGBT en lugar de un supuesto “lobby” único. El primer argumento a favor de estas asociaciones es relativamente sencillo: en una democracia, los ciudadanos deben poder organizarse para defender sus derechos e intereses actuando a favor de una influencia que puede ser legítima.

Durante mucho tiempo, las personas homosexuales se han enfrentado a una importante discriminación en numerosos países. Las asociaciones han desempeñado un papel importante a la hora de denunciar estas discriminaciones, de apoyar a las personas afectadas y de impulsar la evolución del debate público. Aquí me viene Voltaire al pelo, aunque no sea suya al 100%: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Pues eso. Tienen derecho a decirlo, a organizarse y a dar la lata. Faltaría más.........

© Deia (Tribuna Abierta)