Silvio Rodríguez, Pablo Iglesias y el convoy: propaganda en medio de la crisis cubana

LA HABANA.- El convoy Nuestra América llegó a Cuba, sin contratiempos, en la fecha anunciada. Sus tripulantes hubiesen deseado mayor cobertura mediática, más ruido y visibilidad, pero tuvieron que conformarse con el alcance de los medios oficialistas cubanos y unos pocos titulares en redes que despertaron más burlas y críticas que apoyo. Cuba no es Gaza, como se dijo mucho antes de que los convoyados abordaran su vuelo en asientos de primera clase, y se ha podido constatar tras el fin de la deplorable puesta en escena de los voceros de un socialismo pervertido hasta el tuétano, en la capital de un país que se muere por culpa de ese mismo socialismo rentado y rentable, lo cual no es ningún secreto; tal vez por eso se nos hace más repugnante el episodio.

De reunión se fueron al Palacio de las Convenciones, a un encuentro presidido por Miguel Díaz-Canel, cuya presencia, por sí sola, da la medida de la importancia de la flotilla y sus tripulantes, de la repercusión real que pudiera tener esa aventurilla en el actual contexto de “conversaciones”. Allí se enorgullecieron de la rampante miseria antillana vendida como resistencia creativa, intercambiaron consignas y gastaron corriente hasta tumbar el SEN, antes de retirarse a sus hospedajes en hoteles de cinco estrellas, listos para recibir a esa izquierda comprometida que siempre arrima el hombro por los humildes. Desde su lujosa habitación Pablo Iglesias, uno de los políticos más ruines y terroríficos que ha parido España, se celebró a sí mismo y transmitió el mensaje de que la crisis es tremenda, pero la isla no anda tan mal como la pintan.

El ex líder de “Podemos” tuvo sus selfies, su directa, sus cinco minutos y su baño de trópico sufragados por la Internacional Socialista. El resto de los fleteros pidieron un diálogo sincero entre Cuba y Estados Unidos, obviando que la asesora organizativa del convoy es tía del negociador principal por la parte cubana, que hasta hace una semana decía que no estaba negociando con Estados Unidos. Sinceridad ante todo es lo que puede esperarse del régimen de La Habana. Por eso nos enteramos el 4 de enero de que había militares cubanos protegiendo a Nicolás Maduro, una realidad negada durante años por los diplomáticos de la isla.

Ni Cuba está tan mal, ni resulta descabellado pedirle honestidad a la dictadura en su diálogo con la administración Trump, mientras el pueblo de Cuba es deliberadamente ignorado. A ninguno de los camaradas se le ocurrió sugerir, entre tanta consigna y abrazo proletario, que el gobierno converse con sus ciudadanos. Tales son los amigos de Cuba, los que se entusiasman cuando Díaz-Canel afirma que el pueblo está dispuesto a morir de pie enfrentando a Estados Unidos. Algo similar le aseguró Fidel Castro a Nikita Jruschov cuando la Crisis de los Misiles. Todavía hoy muchos cubanos desconocen con qué frialdad el líder idolatrado condenó a muerte a una nación entera, hablando en nombre de los que, por entonces, habitaban la isla. 

En el presente, cuanto más niega la administración Trump que vaya a producirse una operación militar en Cuba, más sube La Habana el tono de confrontación. Cuando ya no queda nadie en la Casa Blanca que no haya descartado la posibilidad de una intervención militar, vienen los tripulantes de la flotilla a empaparse del discurso de resistencia hasta la última gota de sangre ajena y, simultáneamente, aparece Silvio Rodríguez pidiendo un AKM “por si se tiran…” ¿quiénes?, si hasta el momento solo se han lanzado los propios cubanos, los que sufren apagones, represión política, hambre, escaseces de todo tipo; los que no tienen derecho a exigir que el diálogo sea con ellos, los que han pedido tantas veces resolver el problema entre todos los nacionales, sin reservas.

Silvio Rodríguez sigue abriendo una brecha cada vez más profunda entre el pueblo y su miserable existencia de cantautor militante. Falta nada para que su obra no pueda salvarlo del asco y la decepción que sus declaraciones provocan. Falta nada para comprobar si realmente será capaz de responder con su AKM a la orden de combate que Díaz-Canel (o cualquier otro allá arriba) estaría dispuesto a dar apenas las circunstancias lo requieran.

El trovador, una vez más, da la espalda a su pueblo y cierra filas con la dictadura a la que ha servido lealmente de capital simbólico. Comulga con un Pablo Iglesias nefasto en este paripé final, culpando al «bloqueo» y minimizando los errores cometidos por el régimen. Iglesias busca resarcir su lamentable imagen política, y Silvio no desaprovecha la oportunidad de demostrar que está dispuesto a morir como vivió: siendo un cretino.

El fundador de la Nueva Trova jamás confrontará al castrismo por muy injustos que sean sus designios, por despiadada que sea su arremetida contra el pueblo. Lo demostró en el marco de las protestas de julio de 2021. Cualquier declaración suya contra el régimen llegaría treinta años tarde, eclipsada por la coherencia con que otro Pablo, verdaderamente grande, eligió vivir el resto de su vida.

A Silvio se le fue el tren, se le perdió el unicornio, se le encogieron los ventrículos. Le queda su AKM y veremos si es capaz de apuntarnos con ella, aunque probablemente termine usándola para defenderse de la malquerencia que sus palabras han hecho crecer en el corazón de miles de cubanos.   


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