La “confianza” de Miguel Díaz-Canel en un pueblo que lo aborrece |
LA HABANA.- Quizás hoy estemos peor que nunca, pero la realidad es que jamás hemos tenido buenos tiempos. Esos que nos esforzamos por recordar como “buenos” son, confiando en mi memoria, otros momentos malos, demasiados, pero que, comparados con la situación actual, donde faltan las válvulas de escape de otras veces, las opciones de cerrar los ojos o mirar hacia otra parte, eran como una época dorada, aunque con el brillo apagado por el churre, la desidia y la falta de confianza en nosotros mismos.
No encuentro razones para esas nostalgias que solo revelan el grado enfermizo de nuestro conformismo, así como las causas de fondo por las que llegamos hasta aquí, “sobrellevando” una dictadura como otro modo de alimentarla.
Bajo el castrismo nunca ha habido una época dorada. Ni en los años 80, cuando los mismos “confiables” que entregan y solicitan un AKM prefirieron la sovietización a la soberanía; ni en los años 90, cuando el hambre nos hizo bailar pasodoble con los españoles, y después joropo con Hugo Chávez; ni cuando Barack Obama, que con un poco más de dólares y un puñado de promesas —aun confiados de que no las cumplirían—, nos hicieron olvidar que los Castro son la raíz del problema, y que mientras estén ahí donde están, nosotros estaremos condenados a estar aquí donde no nos dejan vivir sino como rehenes.
Dice Miguel Díaz-Canel que confía en que millones de cubanos lo defenderán ante una invasión. Realmente dijo “la patria”, pero ya sabemos que ese y otros conceptos los han usurpado y que el castrismo, excesivamente confianzudo con lo que no le pertenece, los usa a su antojo, para camuflarse en ellos y para, como advirtiera José Martí, usar la patria como pedestal.
Esa “confianza” es muy similar a la que sintió Nicolás Maduro unas horas antes de que fueran a por él, tal como había pedido a gritos, y se sustenta en algo tan frágil como las lealtades simuladas y forzadas.
Las primeras producen traiciones como las que hicieron más fácil la captura del que tanto alardeó; las segundas, en la hora cero, se traducen en abandono masivo, puesto que no es lo mismo obedecer cuando lo más grave que pudiera ocurrir es desmayarse de hambre y sed en un desfile, en una reunión, un “día de la defensa” (a los que se acudió bajo chantaje), que marchar con un tirapiedras a la primera línea de fuego sabiendo que somos carne de cañón. Que si por milagro lográramos sobrevivir, nos esperará peor suerte que la de esos esqueléticos veteranos de Angola que, cargados de medallas, consignas y mucha “confianza” en quienes ya ni confían ni piensan en ellos, hoy comen solo aquello que logren rapiñar en los basureros.
Hay demasiada crueldad en esa “confianza” de Miguel Díaz-Canel —y del régimen que representa— como para no enojarse. Porque no se basa en la realidad, en la total ausencia de espontaneidad de esos “millones” que menciona, sino en la macabra decisión de ofrecerlos en sacrificio, de llevarlos como reses al matadero, de arrebatarles lo único que no les han podido quitar con tanto “experimento”: la existencia. Y ahora se sienten con el derecho de hacerlo, escudados en una Constitución que redactaron e impusieron con el único objetivo de tomar nuestras vidas cuando se les antoje.
La excesiva “confianza” del dictador es otro de sus alardes, y es muy difícil conjugarla con la enorme desconfianza en esos mismos millones de hombres y mujeres a los que, como a esclavos de barracón, ha retenido el pasaporte cuando salen “de misión”, o contra los que ha lanzado más de una vez las fuerzas represivas con una orden de combate, sabiendo que solo militarizando las calles, condenando a penas excesivas incluso por una publicación en internet, enchuchando a sus matones contra el pueblo, ha podido retardar ese estallido social que, cuando ocurra —porque tendrá que ocurrir en cualquier momento—, hará que aquel glorioso 11 de julio de 2021 parezca apenas un ensayo de lo grande y violento que solo puede producir la rabia contenida.
Rabia que no es por lo sucedido ayer, ni el año pasado, ni el anterior, o en aquella década de similar miseria que parecíamos haber dejado atrás, pero que ahora retorna con menos luz y más hambre. Rabia por más de 60 años confiando en esos confianzudos en quienes jamás debimos confiar, y desconfiando hasta de nosotros mismos.