¡Resarcimiento a un periodista independiente!¿Excepción o guiño político?

LA HABANA.-Una funcionaria agrede y rompe intencionalmente el teléfono de un periodista de Cubanet. Este la había interpelado sobre el desvío de unos carros cisternas que debían abastecer de agua potable a una localidad de Arroyo Naranjo, recibiendo como respuesta el ataque y, posteriormente, una citación para ser interrogado. Fue en la estación de Policía del Capri, probablemente la más caótica y corrupta de la capital —según el criterio generalizado de la población circundante—, y la misma que el 11 de julio de 2021 “aportara” a las protestas callejeras el acto más violento de aquellos acontecimientos: el asesinato del joven manifestante Diubis Laurencio Tejeda.

Pues ha sido en esa estación donde esta vez ha sucedido algo así como una anomalía del sistema, como un fallo en la Matrix, cuando lejos de ser castigado el agredido y exonerada de culpas la agresora —como ha sido práctica habitual del castrismo cuando un conflicto con uno de sus peones, ya sea de mayor o menor rango, involucra a un “enemigo”—, los represores decidieron resarcir al periodista independiente obligando a la funcionaria a pagar por los daños, y con una suma considerable.

Al menos en los últimos diez años, no recuerdo una noticia similar. Por el contrario, entre decomisos en la Aduana, secuestro y destrucción de medios de trabajo, ataques con virus informáticos y registros en viviendas que terminan en saqueo, entre uso excesivo de la fuerza y mera prepotencia de represor o funcionario entusiasta, la cuenta se torna tan gigantesca que si existiera otra excepción en el pasado ya ha sido diluida en nuestra memoria de atropellos e impunidades. Incluida la muerte de Laurencio, por la que ningún policía ha ido a prisión, de modo que los 200.000 pesos que deberá pagar la enérgica y combativa rompecelulares, aunque es para sorprendernos, no sirve para borrar el historial de violencia. No los absuelve de los otros pecados.

La pregunta entonces sería sobre cómo interpretar lo sucedido. Si a la luz de los acontecimientos políticos donde los rumores de unas negociaciones con Washington son cada vez más fuertes (lo que indicaría que ha sido una orden de “arriba” para usar la excepción como guiño). Quizá temieron que las múltiples quejas y denuncias que los vecinos habían hecho sobre la venta de agua les explotase. O, en cambio, si es signo de que al interior de las fuerzas represivas algunos, individualmente o como grupo de ruptura, van tomando conciencia del colapso inminente del castrismo o de la necesidad de tomar partido por la justicia, como oportunidad de redimirse y comenzar a hacer bien las cosas.

Particularmente, conociendo la perversidad del sistema, y teniendo en cuenta los atropellos similares que rodean y anteceden a esta “situación excepcional”, me inclinaría a pensar que se trata de lo último, más cuando por estos días varios amigos me han dado cuenta de injusticias cometidas contra ellos, cuando han intentado fabricarles delitos comunes para castigar sus actividades políticas como opositores, o simplemente para obligarlos a abandonar el activismo en las redes sociales.

También lo sucedido con la protesta en forma de sentada, de un grupo de estudiantes de la Universidad de La Habana, y el modo en que ha sido manejado el asunto, incluida  la ocupación simulada, por parte de la policía política, del parque donde los jóvenes tenían planeada una reunión posterior, igualmente pacífica, lleva a pensar en una especie de guiño a ese interlocutor misterioso que les estaría exigiendo cambios, señales, actos de buena fe, y entonces mejor ceder por el momento con esas pequeñas “excepciones” que no con otras de mayor envergadura, como serían la liberación selectiva o masiva de presos políticos, o la expulsión radical de GAESA del tablero de juego, que son piezas solo para ser movidas unos segundos antes del Jaque Mate.

Ofrecerle justicia al periodista Vladimir Turró o dialogar a la vista de todos con los estudiantes de la sentada pudieran ser legítimos actos de justicia individuales, quizás sin conexión entre ambos, pero esa desconfianza que tenemos instalada en nuestro ADN por una cuestión de supervivencia en un medio tan hostil como es el castrismo, nos advierte de que no se tratarían ni siquiera de gestos de buena voluntad sino de uno de esos trucos donde un conejo se convierte en pañuelo. Y al final no es ni una cosa ni la otra, sino humo, finta y distracción para ganar tiempo (y dinero).

No sé hasta qué punto se ha sentado un precedente con esta “inversión” o “dislocación” de la narrativa represiva del castrismo, donde el fanatismo político (y el oportunismo disfrazado de este) se impone sobre la razón y la ley. Pero sin dudas es un hecho raro que nos indica un ligero “cambio” al menos de comportamiento que, de repetirse, de convertirse en usual, pudiera estar anunciando si no un proceso de desmontaje del más rancio aparato represivo (algo poco probable), al menos de la posibilidad de pasar a un “ambiente de tregua” donde, como en los primeros meses del deshielo de Obama, se fingió tolerancia ante ciertas disidencias políticas, entre ellas el periodismo independiente, aunque jamás cesó del todo la represión.

Esa similitud con el ambiente artificial creado para Obama refuerza más la idea de que La Habana y Washington sí estarían negociando (el diálogo es otra cosa, más bien de diplomáticos sin conexión real con “lo negociado”), y que al menos del lado de acá esperan —como aquella vez— salvar el pellejo a puro gesto, aunque ahora tienen en contra la fama de mentirosos y estafadores, más un marco de negociaciones cada vez más estrecho —sin el petróleo venezolano y con el quiebre de la izquierda latinoamericana— donde les hará falta algo más que rarezas y excepciones, algo así como una sonada destitución, un sorpresivo reemplazo, y eso para Raúl Castro, con récord absoluto en defenestraciones inexplicables, tampoco es algo difícil.

Por si acaso, trataré de mantener a salvo mi teléfono de funcionarios entusiastas, de policías disfrazados de arrebatadores callejeros y de ministros agitadores de celulares. El más ladrón de los ladrones del peor barrio de La Habana es menos peligroso que los comunistas cubanos. De modo que lo sucedido con Vladimir Turró hasta pudo haber sido un milagro.


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