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El castrismo no pide perdón por sus fechorías

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23.03.2026

LA HABANA, Cuba ― Solicitar perdón por alguna acción llevada a cabo no demerita en nada el valor de quien lo pide. Al contrario, refuerza su imagen ante los demás, y hace que se tenga confianza en la sinceridad de la persona o institución que se arrepiente de lo mal hecho. 

Célebres han sido, por ejemplo, los perdones solicitados por la Iglesia Católica. Primero el pedido por el papa Juan Pablo II ante los horrores de la Inquisición, y después el perdón solicitado por el papa Francisco debido a los abusos sexuales cometidos en diversos lugares por autoridades eclesiásticas. 

Del otro lado tenemos a aquellos que nunca piden perdón. Siempre se presentan como víctimas, y creen no haber cometido jamás ningún acto que despierte la repulsa de los demás. El castrismo pertenece a este último grupo.

El 13 de octubre de 1960 el gobernante Fidel Castro, en un mitin de decidido carácter patriotero, se apoyó en la Ley 890 para anunciar la expropiación forzosa de la mayoría de las empresas nacionales dedicadas a la industria y la comercialización. Se incluían fábricas de chocolate, molinos de harina, destilerías, empresas productoras de bebidas alcohólicas, 105 centrales azucareros, la banca nacional, almacenes y depósitos de mercancías. A esto hay que agregar la nacionalización de las principales empresas estadounidenses radicadas en Cuba.

Ocho años más tarde, en el contexto de la flamante “Ofensiva Revolucionaria”, los gobernantes cubanos completaron la obra de destrucción de la economía nacional, al expropiar la totalidad de los negocios privados que subsistían en el país. Y lo peor, en los casi 60 años que han transcurrido desde las últimas expropiaciones, no se ha alzado una sola voz de la jerarquía castrista para arrepentirse por tales hechos. Al contrario, cada vez que salen a relucir, la propaganda oficial califica esas acciones como actos heroicos, antiimperialistas; dicen que salvaron las conquistas de la Revolución, y que sirvieron para afianzar el carácter socialista de la economía.  

Pero ahora, al cabo de tantos años, con una hipocresía sin límites, apostando quizás a que la gente haya perdido la memoria, los gobernantes cubanos les piden a los hijos y nietos de muchos de aquellos expropiados, a quienes no les quedó más remedio que abandonar el país y proseguir su vida en el exterior, que inviertan en Cuba.

Para ello emplean un lenguaje que pretende conmover las conciencias, con frases sobre la supuesta “voluntad de Cuba de estrechar los vínculos con sus hijos residentes en otras latitudes” y otras por el estilo. 

Una sarta de mentiras. Porque ellos nunca han amado a los cubanos residentes en el exterior, ni a los propietarios privados que viven en la Isla. En realidad, se trata del urgente llamado de un náufrago, que en medio del océano se aferra a cualquier cosa que aparezca con tal de sobrevivir.

Conviene recordar otras acciones vandálicas cometidas por las autoridades cubanas, y por las que tampoco, nunca, han solicitado disculpas. Los mítines de repudio y las golpizas a los que abandonaban el país por el puerto del Mariel, el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate y otros trapos sucios que el castrismo se obstina en ocultar, siempre en el desempeño del papel de víctima de las “agresiones del imperio”. Pero ninguna tergiversación de la verdad histórica podrá borrar las culpas de los que ahora quieren aparecer como infelices criaturas dignas de compasión. 


© Cubanet