Cuba a oscuras: cacerolazos contra los apagones y el temor a un pacto |
LA HABANA.- El pasado fin de semana La Habana se lanzó a las calles, con todos sus hierros, a protestar por los apagones. El estruendo de los cacerolazos se hizo sentir en la mayoría de los municipios mientras, al abrigo de la oscuridad, muros y paredes se llenaban con pintadas antigubernamentales. Al parecer quedan panameños sueltos, pagados desde el exterior, que conocen los recovecos de la capital como la palma de su mano y llegan al lugar propicio, en lo más denso del apagón, para dejar allí su mensaje. Es tal su tenacidad, su sentido de la oportunidad, que cualquiera pensaría que son cubanos.
En las protestas recientes la gente se sentía espoleada por algo más que el calor y el hartazgo de permanecer días y noches a oscuras. En el fondo de los calderos vacíos había esperanza, y en boca de los manifestantes se escuchaban palabras que inquietan al poder –cambio, libertad, derechos- y frases que ya forman parte de los anhelos cotidianos: “que se vayan”, “abajo el comunismo”, “Trump, ven ya”.
El interés manifiesto de la actual administración estadounidense por lo que sucede en la isla, ha removido en los cubanos la sensación de que lo que todos deseamos está hoy al alcance más que nunca antes. Tan cerca lo sentimos que no damos el paso definitivo. Nos apelotonamos en la esquina, ocupamos la calle, prendemos fuego a la basura, hacemos sonar tan fuerte las cazuelas que el eco rueda por las avenidas, rudo como el golpe mismo, se alza con los vendavales de marzo y cruza el estrecho de la Florida, cruza también el Atlántico para que en todas las orillas sepan que estamos en la calle, que no somos tan carneros como dicen, que también estamos puestos.
En eso aparece un carro patrullero y la gente corre a la desbandada, se desparrama por los portales sombríos, un golpe de cuchara acá, una carcajada allá y ese foco led usualmente apagado, tan potente que alumbra hasta las honduras de las alcantarillas, se enciende esta noche para dispersar la protesta, para sorprender a quien no circule rápido. Llega la electricidad, respuesta expedita del régimen al cacerolazo. Redobla la orquesta de calderos, acompañada de algarabía, silbidos y aplausos, qué barbaridad, como si no fueran a quitarla otra vez.
La gente regresa a sus casas, no hay nada más que exigir. De un portal todavía en penumbras emergen tres policías, cual delincuentes, para caer sobre un manifestante que también volvía a su casa, con su olla y su cucharón. Lo agarran mansito, el pobre no se resiste, es conducido por los uniformados sin que ninguno de los restantes aporreadores de cazuelas lo impida. La loca del barrio, más consecuente que los cuerdos, grita que por eso en este país no vale la pena protestar, porque se llevan a uno y los demás no hacen nada. El arrestado pasará la noche en el calabozo y será despachado a su casa al día siguiente, con medida cautelar y multa de veinte mil pesos. Olla y cucharón fueron decomisados por su bien, para evitarle reincidencias. Que revuelva la sopa con un palo.
A noventa millas, un artículo del diario USA Today ha sugerido que Trump estaría interesado en negociar avances económicos con el régimen. Su plan contemplaría una vía de escape para Díaz-Canel, permitir que los Castro permanezcan en la isla y aquí no ha pasado nada. Las alarmas se disparan. Deshielo con presión y contubernio, aseguran algunos. El verdadero cambio fraude, lo llaman otros.
Garantizar la sujeción de Cuba a Estados Unidos es parte de la estrategia regional de Trump. Una apertura económica podría inducir transformaciones inmediatas que, eventualmente, provocarían una transición política. Una vez que Estados Unidos tenga intereses firmes en la mayor de las Antillas, no le será fácil al castrismo disponer por decreto el fin de esa dependencia. Ni Rusia, ni China, ni la Unión Europea han sacado pecho por la isla. El momento de acudir a las alianzas ya pasó. No basta con intercambiar finuras protocolares y firmar acuerdos de cooperación; también hay que pagar las deudas, algo en lo que Cuba ha fallado sistemáticamente.
Los que pegaban saltos de emoción, los que no podían dormir de tanta ansiedad, o lagrimeaban escuchando a altos funcionarios anunciar el fin inminente de la dictadura, ahora arrastran el alma, desilusionados, temiendo que el rumor se convierta en verdad. Cómo es posible pensar en negociar, si el castrismo nunca ha estado más débil. Precisamente por eso Trump vería más conveniente amarrarlo en corto que intentar una acción militar que deje un vacío de poder en la isla, donde no existe una oposición organizada.
Si lo anunciado por USA Today llegara a materializarse, el pueblo cubano sería escamoteado hasta de la posibilidad de hacer justicia. El presunto acuerdo parece planteado a la medida del régimen, no incluye la libertad de los presos políticos ni el respeto a los derechos ciudadanos.
El 17 de diciembre de 2014, con motivo de la inauguración de la embajada de Estados Unidos en La Habana, el Dr. Eusebio Leal celebró el restablecimiento de las relaciones entre ambos países enfatizando con orgullo que Cuba estaba de pie. Sus palabras hicieron referencia a la dignidad nacional más que a la proeza física, pues el país ya lucía estragado, aunque nada comparable a lo que vemos en el presente.
El acercamiento amistoso promovido por Obama permitió al castrismo aparentar una fortaleza que ya iba en declive. Hoy Cuba está de rodillas y el apretón de manos con la administración Trump, si se produce, será para dejar claro quién tendrá el control en lo adelante. En cuanto a nosotros y nuestros calderos, ya podemos quedarnos en casa dando por bueno lo que venga, o podemos ponernos serios y buscar la manera de meternos en el juego para que nos tomen en cuenta.