Cuba al límite: el recurso de la rebelión frente al régimen
PUERTO PADRE. _ Agentes de influencia sembrados directa o indirectamente, entiéndase, propagados a través de terceros y desde hace años por oficiales operativos de la inteligencia cubana en medios de Estados Unidos, España y México, por sólo citar tres países estarían marcando el paso como productores de “noticias” de las conversaciones de la administración Trump con alías “El Tuerto” y alías “El Cangrejo”. Ambos hombres del régimen: el primero hijo y el segundo nieto de Raúl Castro. Según esos medios, el nonagenario dictador estaría dispuesto a sacrificar al “presidente” designado Miguel Díaz-Canel, a cambio de Washington suavizar el embargo a La Habana y la familia Castro permanecer inamovible en Cuba.
Óiganme, pero es que Miguel Díaz-Canel es un cordero de poco valor en el altar de los sacrificios de Cuba. Pero lo confieso, aún así y todo ese desvalor, personalmente caí en la trampa de la desconfianza. Pensé, que me estaban dando un gato pardo como si fuera una liebre.
Pero como esta “novela, aunque corta todavía apenas comienza”, a decir de un veterano periodista y amigo, y dado que los protagonistas no están en La Habana sino en Washington, y puesto que en el sórdido mundo de la inteligencia puede suceder que un agente sea doble y hasta triple, cabe preguntar: ¿Quién, o quiénes, y a quién, pretenden echar el lodo o el fuego del pantano incendiado que es Cuba? ¿A la administración Trump o a alguien en particular dentro de ella? ¿O es entre los mismos cubanos donde se pretende satanizar a unos para valorizar a otros?
Verdad de Perogrullo es, y valga el pleonasmo: “la verdad es la primera víctima de la guerra”. Pero no estamos en guerra, dirá cualquier lector. Y es cierto. Cuba no está en guerra. Todavía, ¿no? Y digo todavía porque en realidad todas las condiciones están dadas para que en Cuba se produzca lo que técnicamente, en derecho de la guerra se conceptúa, eufemísticamente, como “conflicto armado no internacional”, que es, simple y llanamente, una guerra civil.
En Cuba la guerra civil no es nueva. Ya vivimos guerras civiles contra el colonialismo español entre 1868 y 1898. Más reciente, entre 1957 y 1959, se produjo una insurrección popular contra la dictadura de Fulgencio Batista. Y entre 1959 y 1965, los cubanos volverían a sublevarse, esta vez, enfrentando con las armas la dictadura castrocomunista de Fidel Castro.
Según el Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra de 1949, tras situaciones de disturbios, tensiones sociales, motines, protestas u otros actos esporádicos de violencia o acciones análogas, pueden dar lugar o escalar a un “conflicto armado no internacional”, o dicho más simple, una guerra civil. Y la Declaración Universal de Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948, fue promulgada considerando “esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.
Así concebido, un “conflicto armado no internacional”, compréndase un conflicto fratricida entre coterráneos, en Cuba está por producirse pero en concepto de crimen de lesa humanidad, sí, de genocidio. Porque producido ese levantamiento, la población civil cubana carece de armas para enfrentar a sus opresores, armamento todo que está en poder del régimen totalitario, de sus militares y paramilitares organizados en los llamados “consejos de defensa”, y de las fuerzas policiales y parapoliciales acuadrilladas en las llamadas “brigadas de respuesta rápida” de empleados del régimen. Por lo que ante un clímax de frustración popular, ciudadanos inermes, desarmados o acaso sólo con piedras, estarían frente a soldados de tropas especiales y brigadas antimotines, curtidas, que ya comenzaron a formarse y entrenarse desde los años 80 del pasado siglo, en la Polonia del dictador Wojciech Jaruzelski.
Y como si el proceso de Núremberg no fuera un precedente jurídico, algunos también hacen “noticias” de las “noticias” echadas a volar por presuntos agentes de influencias o tontos útiles, diciendo que si los cubanos dentro de la isla-cárcel no nos rebelamos, entonces tenemos que aceptar la continuidad de la dictadura comunista “legitimada” por una economía de libre mercado.
El despropósito es supino, a carcajadas, porque renuente el régimen del nonagenario Raúl Castro y el generalato que monopoliza los poderes del Estado, tanto el poder gubernativo como el poder económico, reiteradamente se ha negado a realizar cambios políticos y por consiguiente constitucionales que den seguridad jurídica a transformaciones económicas hacia la economía de mercado, permitiendo sólo meras simulaciones para atraer inversiones de cubanos emigrados cándidos, por no llamarlos ingenuos. Un ejemplo es la “apertura” anunciada este lunes.Así visto y desde esa atalaya, el panorama de los derechos humanos es igual de perverso. Las violaciones de los derechos civiles de las personas son continuas. El mundo vio a la periodista Yoani Sánchez detenida en su propia casa, sin autorización procesal, por un policía vestido de civil y enmascarado. Y en este mismo sitio, tenemos colaboradores que ocultan su identidad por miedo a la represión según consta en sus reseñas biográficas. Pero estos son sólo dos ejemplos de las muchísimas acciones aberrantes del régimen totalitario que están agotando la paciencia de la nación cubana.
Y, vencido ese aguante nacional, vencidos los temores racionales por los instintos de conservación, propios y de la familia, entonces, la rebelión en Cuba, entiéndase como supremo recurso contra la tiranía y la opresión, puede desatarse repentinamente, llevando la sublevación al punto de la ira por estrés crónico, por corrosión del carácter, inducido por un medio hostil, el de un Estado totalitario que ha conducido a la nación a una crisis inflacionaria en espiral, con devaluación indetenible del peso cubano frente al dólar y todas las monedas extranjeras. Lo cual ha ocurrido por falta de incentivos para el trabajo honesto, lo que conduce a la insuficiente o nula producción y productividad nacional y por consiguiente de exportaciones e importaciones. Eso se traduce en carencias de viviendas, de materiales para la construcción, de combustibles y lubricantes, transporte público y privado, alimentos, medicinas, servicios médicos y comunales, electricidad, agua potable y de bienes y servicios en general, carencias todas desde hace años, ¡muchos años!, no de ahora, muy anteriores a la cuarentena petrolera decretada por la administración Trump el pasado enero.
Así, los toques de cazuela como protestas cívicas, reiterados ya desde hace más de diez días en varias ciudades y pueblos en el territorio nacional, son ya un claro indicio de cómo las protestas pueden escalar y conducir a una rebelión nacional de los cubanos contra el inmovilismo del régimen totalitario. Sublevación que puede producirse en un instante y salirse de control hasta en las personas más calmadas, movidas por la irritación provocada por la falta de respuestas públicas ante carencias acuciantes, básicas, como son la continua falta de electricidad, de alimentos o de agua.
Así sucedió en Morón, municipio de la provincia Ciego de Ávila, cuando vecinos sin ya soportar más incurias gubernamentales, fueron y tomaron el Comité Municipal del Partido Comunista, incendiando bienes de ese símbolo del Estado totalitario.
Y cuando grupos sociales de un país, y, precisamente llevados por un axioma marxista, aquel que dice de una “situación revolucionaria”, “cuando los de abajo no aguantan más y los de arriba no pueden sostenerse”, entiéndase de un conflicto entre una población depauperada y una clase gobernante obesa, apoltronada sobre las butacas de los poderes del Estado totalitario, como es el caso de Cuba, entonces, la rebelión es un recurso legítimo. Porque ilegales, genocidas, son quienes fomentan en las personas motivos de insurrección para luego masacrar y encarcelar por sedición.
