Y a ti, ¿dónde te duele?

Hace poco tuve que hacer una visita en la barriada de Mónaco y me tocó presenciar una escena digna de una película de absurdos. Caminaba distraída por la avenida cuando escuché a una señora saludar a otra que a duras penas avanzaba desde una bocacalle, y yo, chismosa sempiterna, demoré el paso para verlas interactuar.

Fulana, ¿qué tal te lleva el virus?”, preguntó la primera con la frase de moda, y la otra extremó sus ademanes de ópera zombie para responder: “Ay, mija, ¿qué te voy a decir? Yo estoy peorrrr que toooooodo el mundo… ¡Si hasta tengo que pedirle permiso a un pie para mover el otro!”.

Lo paradójico del asunto es que más atrás venía un señor a quien faltaba una pierna, y al oír tal afirmación frenó sus muletas con los codos, abrió los ojos bien grandes y levantó las manos al cielo para canturrear: “¡¿Y cómo quedo yo?!”.

No me gusta solazarme con la desgracia ajena, pero aquella coincidencia me pareció tan extravagante que me reí a gusto, y esa risa resultó terapéutica:........

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