Cuba, una isla de dignidad acosada pero nunca arrodillada
Bandera cubana. Foto: Archivo.
No hay asedio más cruel en la memoria de la humanidad que el que sufre Cuba desde hace más de seis décadas. Es un cerco medieval, una condena a la lenta asfixia, un intento de matar de hambre a un pueblo entero solo porque se atrevió a ser libre. Y quien lo ordena no es un rey bárbaro de otros siglos, sino el imperio más poderoso que ha conocido la Tierra, con sede en Washington D.C., con su actual matón en la Casa Blanca (un narcisista patológico que no entiende de dignidad porque no puede entender lo que no conoce), y con un secretario de Estado que ha hecho del odio a Cuba su modus vivendi, su razón de ser, la única plataforma política que le ha tenido en su vida. Juntos, Trump y Rubio, han firmado en los últimos meses tres órdenes ejecutivas destinadas a una sola cosa: que ni una gota de petróleo llegue a la isla. Lo han hecho con un objetivo claro: quieren que los hospitales cubanos se apaguen, que los niños cubanos se queden sin luz, que los ancianos mueran en la oscuridad. Y lo hacen sabiendo, porque lo escribieron negro sobre blanco en el infame Memorándum Mallory de 1960, que el objetivo del sufrimiento es que el pueblo cubano, desesperado, abandone a su Revolución.
Pero no han entendido nada. No han entendido que ese pueblo, el mismo que en 1961, en Playa Girón, recibió a los mercenarios de la CIA con fusiles y con el pecho, y los derrotó en menos de tres días, no se rinde jamás. Aquella invasión, la primera gran derrota militar de Estados Unidos en América Latina, fue también el bautismo de fuego de una generación indomable. Y allí, al frente de las tropas, un joven comandante que ya entonces demostró lo que sería el resto de su vida: temple de acero, lealtad infinita a su pueblo y una capacidad de mando que solo poseen los que están dispuestos a morir antes que doblarse. Ese hombre es el General del Ejército Raúl Castro Ruz. El líder histórico de la Revolución. El mismo que hoy, con casi noventa y cinco años vividos en la primera trinchera, sigue con el pie en el estribo, como un viejo guerrero que no se baja del caballo porque sabe que la batalla no ha terminado. Y el imperio, en su soberbia y su torpeza, se ha atrevido a rozarlo, a nombrarlo, ha intentado tocarlo. Lo han imputado por hechos de hace treinta años, cuando como ministro de Defensa cumplió con el mandato más sagrado de cualquier gobernante: defender la soberanía e integridad de su patria frente a las violaciones terroristas que desde Florida se organizaban. Es la misma jugada sucia que ensayaron contra el presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro, para luego secuestrarlo después de haber asesinado a los 32 cubanos que dieron su vida en cumplimiento de su compromiso revolucionario de defender al líder venezolano.
Ahora quieren repetirla con Cuba. Y todos sabemos lo que viene después si no se les detiene a tiempo.
Porque Trump,........
