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La rebeldía del “cuerpo negro” y las leyes “ilegales”

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26.05.2020

La peligrosa belleza de una llama naranja y de una barra de hierro calentada “al rojo vivo” oculta algo más que un fenómeno natural con el que ya estamos muy familiarizados. Ese hecho tan común fue un reto insoluble para el entendimiento humano hasta hace poco más que un siglo.

Una llama es un fenómeno cuya descripción científica, la que permite su dominio total, es bastante compleja y requeriría muchas más líneas que las disponibles. Baste decir que la luz naranja más o menos intensa que emiten las llamas de un bosque ardiendo, o de una vela, o de un fósforo encendido, se debe a partículas calientes, muy calientes. Se producen durante el “quemado”, o la reacción química del oxígeno del aire con las materias que componen los vegetales. Están constituidas mayormente de agregados de átomos de carbono que salen hacia arriba impulsados por el aire, también caliente y por ello menos denso. La luz emitida depende de la temperatura de la partícula. Si no se han acabado de quemar, esas partículas se enfrían al salir de las llamas y por eso se apaga la luz naranja que emitían. Dejan entonces la huella característica del carbono: el hollín.

El fenómeno de que se le suministre calor a un cuerpo y este lo convierta en luz fue tratado por la teoría física clásica, considerada incontrovertible en el siglo XIX. Se postuló así la llamada “Ley de Rayleigh – Jeans” prediciendo, en pocas palabras, que mientras mayor fuera la temperatura de un cuerpo más energía luminosa emitiría. Así una barra de acero al salir del horno de fundición podría llegar a emitir luz ultravioleta y hasta rayos X si es que de veras estaba muy caliente. Para los........

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