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El energúmeno y el estadista

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06.08.2026

Lula da Silva reunido con el canciller Mauro Vieira y el embajador Julio Bitelli para evaluar la relación diplomática con Argentina. Foto: Sputnik

La verdad es que me había prometido evitar caer en la tentación de analizar los dichos y la conducta del presidente de la Argentina. La razón: mantenerme lo más lejos posible de un personaje tan despreciable como el inquilino de la Casa Rosada. Un sujeto tóxico, que puede envenenar inclusive a quien lo examina, como el investigador que disecciona a una rata inmunda y que al hacerlo se contagia del hantavirus. Pero sus más recientes agresiones verbales a un hombre de bien y a un digno luchador social como el presidente Luiz Inacio “Lula” da Silva traspasaron todos los límites y me impulsaron a escribir estas pocas líneas sobre el episodio y el personaje.

Ya sus imperdonables declaraciones cuando asistió a la Convención del Partido Liberal de Brasil que oficializó la candidatura de Flávio Bolsonaro reiteraron por enésima vez que la Argentina está gobernada por un sujeto que carece del más elemental sentido de la realidad. Se trata de alguien que se mueve en un revuelto mar de delirios y fantasías en el cual la distinción esencial entre verdad y mentira se desvanece por completo. Es una patología muy alarmante para el común de los mortales, pero gravísima cuando quien la padece es un jefe de Estado. A las huestes mileístas les parece normal que los presidentes se insulten y descalifiquen como lo hace Milei con Lula, con Pedro Sánchez, con Gustavo Petro, con Díaz Canel y, en general, con cualquier “zurdo de mierda”. Para el resto del mundo, no. En las relaciones internacionales, ni siquiera los jefes de Estado de países muy enfrentados se intercambian esa clase de improperios. A las acusaciones formuladas en esa ocasión: Lula, un “corrupto, ladrón, presidiario”, agregó ahora, que “no es inocente” y que si está en libertad es por una falla procesal. Esto ocurre porque Milei no tiene la menor idea de lo que significa ser presidente de una república y de las responsabilidades propias de ese cargo. Él no ha salido, ni nunca saldrá, del micromundo de esos paneles televisivos de cuarta que lo convirtieron en un fenómeno pintoresco y atractivo por las barbaridades que decía. O del coro indigno de pseudoperiodistas incapaces de formularle una pregunta de fondo o de repreguntar ante sus balbuceantes y fantasiosas respuestas.

Pero además, insultar a su colega brasileño significa una imperdonable falta de respeto con un país de fundamental importancia económica, política y geopolítica para la Argentina; un país con el cual la Argentina........

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