Irán y la izquierda |
Una vez más, me encuentro atrapado en el dilema de oponerme a una guerra ilegal desatada por los Estados Unidos y sus aliados contra un país cuyo régimen rechazo con vehemencia. Es una carga ingrata, los occidentales de izquierdas tenemos el deber de asumirla para no legitimar a los regímenes a los que nos oponemos, tanto en el país que está siendo bombardeado como en Occidente.
En 1999, tras haber hecho campaña anteriormente contra el régimen de Slobodan Milošević, denuncié el bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia. En 2003, tras dos décadas de campaña contra Sadam Husein, me manifesté contra la invasión de Irak por parte de la coalición norteamericana. En 2011, aunque era crítico con el régimen de Muamar el Gadafi, me opuse a los bombardeos liderados por los Estados Unidos sobre Libia, que la convirtieron en un Estado fallido. El año pasado, aunque horrorizado por el despiadado reinado de Bashar al-Assad, lamenté las maquinaciones de los Estados Unidos e Israel que entregaron Siria a un antiguo miembro de Al Qaeda. Y ahora, después de haber celebrado la rebelión “Mujer, Vida, Libertad”, que se produjo tras la muerte de Mahsa Amini durante su detención, y tras haber criticado durante muchos años la teocracia de la República Islámica, el capitalismo de amiguetes y la brutalidad con las mujeres y las minorías, escribo estas líneas para condenar, con todas mis fuerzas, el plan norteamericano-israelí para destruir Irán.
No se trata de neutralidad. Esto no es “neutralidad entre ambas partes”. Se trata del deber de la izquierda occidental. Cuando la pandilla que gobierna nuestro barrio lanza un ataque no provocado contra una pandilla que tampoco aprobamos, matando a transeúntes inocentes, nos negamos a permanecer neutrales o a tomar partido. Denunciamos a ambas, pero reconocemos un deber especial y primordial, el de detener a nuestra pandilla: porque son nuestros impuestos los que financian sus bombas, es nuestro silencio el que otorga consentimiento, son nuestros gobiernos los que están matando, en nuestro nombre.
Así pues, echémosle un vistazo a nuestros pandilleros. La afirmación occidental de que los Estados Unidos y Europa, por no hablar de Israel, quieren democracia, estabilidad y normalidad en Irán es una fabulación. Los orígenes de la tragedia iraní de la posguerra se remontan al golpe de Estado anglo-norteamericano de 1953 que derrocó al gobierno democráticamente elegido de Mohammad Mosaddeq, por tener la audacia de querer el petróleo iraní para el pueblo iraní. Fue entonces cuando los Estados Unidos y el Reino Unido perdieron toda pretensión moral como defensores de la democracia iraní al restaurar el poder absoluto del Sha, un monarca corrupto y autocrático que gobernaba Irán como un feudo para las corporaciones occidentales. Para mantenerlo en su trono de pavo real, la CIA ayudó a crear y adiestrar a la SAVAK [Oficina de Inteligencia y Seguridad Nacional], una policía secreta tan brutal que se convirtió en sinónimo de tortura. A lo largo de 26 años, los gobiernos de los Estados Unidos y el Reino Unido hicieron todo lo posible por negar a los iraníes cualquier atisbo de democracia. Una larga trayectoria de autoritarismo desencadenó la revolución de 1979 que derrocó al Sha.
Fue una revolución amplia y popular que, en un principio, movilizó no solo a islamistas, sino también a liberales, socialistas y comunistas. Sin embargo, los movimientos laicos que apoyaron al ayatolá Jomeini y vitorearon su regreso del exilio en París no sabían que Washington se había alineado con las facciones islamistas más........