“En un mundo que ha perfeccionado el arte de no ver, ella ve y habla”

Hay una pregunta que me asalta en las primeras horas de la madrugada, cuando el sueño no llega y la mente remueve viejos recuerdos. La pregunta es esta: “¿Qué habría hecho yo en la década de 1930, la mañana después de la Noche de los Cristales Rotos?”.

No lo que digo que habría hecho. No lo que espero que hubiera hecho. Sino lo que realmente habría hecho: cuando los trenes empezaron a circular, cuando los vecinos se callaron, cuando el precio de la decencia se convirtió en la pérdida de todo.

Creo que la mayoría de nosotros habríamos hecho muy poco. No por malicia, sino  por miedo. Por la sutil e insidiosa convicción de que alguien más hablaría, de que la situación era compleja, de que debíamos ser “razonables”. No lo olvidemos: lo ordinario es la coartada de lo extraordinario. ¡Y cómo nos hemos aferrado a esa coartada! ¡Cómo seguimos aferrándonos a ella!

Y entonces, de vez en cuando, en momentos terribles, aparece alguien que no se aferra. Alguien que da un paso adelante cuando los demás retroceden. Alguien que pronuncia el nombre de las cosas cuando todos los demás están ocupados nombrando otras cosas.

Francesca Albanese es esa persona.

Se presenta ante el mundo –sola, desarmada, armada únicamente con la ley, el lenguaje y una valentía excepcional– y dice lo que los centristas no dirán, lo que los ministerios de Asuntos Exteriores no dirán, lo que las redacciones no dirán. Ella dice: “Esto es un genocidio. Y lo estamos presenciando”.

No me digan que es una hipérbole. No me digan que el término es........

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