Quo Vadis (el ‘remake’) |
“Mientras los españoles tienen como primer ministro a Kennedy, los norteamericanos hemos escogido como presidente a Calígula”, creo recordar que leí en una de esas redes sociales que estoy abandonando con la misma desgana de quien deja de frecuentar el gimnasio al que se ha apuntado a primeros de año. Para mí, más que a la de Kennedy, la figura del “primer ministro” Pedro Sánchez se podría asimilar más bien a la figura de Gorbachov, apreciado universalmente… excepto por buena parte de sus compatriotas. Aunque –discúlpenme los Abogados Cristianos el atrevimiento, es sólo una metáfora– la pasión y posterior resurrección de nuestro PM recuerda más a la del JC que, en estas fechas, celebra –es un decir–el mundo católico.
Pero a mí se me ha quedado más la referencia a Calígula, ese emperador romano que ha pasado a la historia con un mote que venía siendo como “chanclita” o “sandalita” y una gestión de gobierno disparatada, por decirlo suavemente. Y no por las semejanzas con el emperador naranja que padecemos en nuestros días. Es que, en recuerdo o en desagravio de aquella infancia en la que la programación televisiva en estas fechas se reducía a procesiones y peplums cristianos (Ben Hur, Quo Vadis, y sus versiones cutres hispanas), me sumergí en la lectura de El Reino de Enmanuel Carrère, la novela de no ficción en la que el escritor y guionista francés narra su investigación sobre los primeros años del cristianismo. Y ahí, en las circunstancias de la construcción de ese tinglado ideológico que, pese a sus inconsistencias, lleva dos milenios y un cuarto de siglo de existencia, sí que encontré paralelismos con la situación actual. Sobre todo con la de los procesos que atraviesa la izquierda española.
El Reino es –no se lo resumo para que no lo lean, sino para evitar que se pongan a leerlo y pierdan el hilo de esto– una reconstrucción literaria del fenómeno sociorreligioso que nos ocupa basándose en los 27 libros que constituyen, para la Iglesia Católica, el Nuevo Testamento. Los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis y 21 cartas (las epístolas). Y sobre todo en la figura de quien es conocido como San Lucas, el único de los evangelistas del que hay constancia histórica, tanto de su existencia como de que es el autor de todo (o de la mayoría, vamos) de lo que se le atribuye: su evangelio, y los Hechos de los Apóstoles.
Lucas es importante porque fue compañero de viaje de Pablo de Tarso
Lucas es importante porque fue compañero de viaje de Pablo de Tarso
Lucas es importante porque fue compañero de viaje, en todas sus acepciones, de Pablo de Tarso, que fue el auténtico responsable de que el cristianismo no se quedase en una secta judía más, y fuese, como se diría ahora, una religión transversal. Únicamente había que creer que un hombre, que era hijo de dios, había muerto, había resucitado y que muy pronto vendría el fin de los tiempos (no parece fácil, pero el resto de las cosmogonías de la época eran igual de increíbles, pero mucho más liadas). Él no lo había conocido personalmente, pero se le había aparecido cuando iba viajando a caballo a Damasco. Por lo demás, para ser militante de la cosa no importaba si eras amo o esclavo, rico o pobre, hombre o mujer, judío o romano.
El relato que se ha consolidado es el modelo Quo Vadis. Una fraternidad de seres de luz que soportaron vivir en las catacumbas, ser comidos por los leones, etc, hasta que se impuso la verdad y accedieron al poder de entonces. La realidad fue que mientras Pablo hacía de núcleo irradiador del asunto, el frente duro y ortodoxo, los apóstoles que realmente conocieron y trataron a Jesús de Nazaret (Pedro, Juan, Santiago) libraron una enconada batalla contra el advenedizo que se había hecho cristiano al caer de un caballo. Confrontaron a sus seguidores y le disputaron todas las iglesias/asambleas que se habían constituido, con todo tipo de argumentos. La circuncisión, por ejemplo, era para ellos una línea roja (no se podía conservar el prepucio y ser cristiano, vamos). Pablo les decía unas veces que sí y otras que no, y mientras tanto, escribía cartas con directrices. Como todos podemos comprobar asistiendo a una misa, lo hacía con un estilo bastante prolijo, lo que no deja de tener su mérito en una época en que se calcula que un escriba tardaba una hora en trazar como mucho 75 palabras.
Los del núcleo duro, los “túnicas viejas” que diría un falangista, perdieron la batalla y se diluyeron, como organización, en el desierto (en el de verdad, no en ese que sirve para hacer travesías metafóricas). Cuando el emperador Domiciano, harto de la nueva secta judía, mandó buscar a cualquiera de los parientes del fundador para invitarlos al circo, sólo encontraron a dos sobrinos nietos, dos labradores míseros que le dieron tanta pena que los devolvió para que siguieran deslomándose en su terruño. De la misma forma, ejemplifica Carrère, que los herederos de Lenin no fueron sus segundos. Ni Trotsky, el forjador del Ejército Rojo, ni Bujarin, creador de la base ideológica del partido. Se hizo con el puesto aquel georgiano con bigote y apellido impronunciable que había destacado fundamentalmente por su arrojo atracando bancos para la causa, y ni siquiera le caía muy bien al líder.
A lo que íbamos. Entre lo mucho que no sé y lo poco que me atrevo a conjeturar no está si Pedro Sánchez será el revulsivo que necesita la socialdemocracia europea o su canto del cisne. O si la izquierda tal como la hemos entendido hasta ahora, la que actualmente se adjetiva como alternativa (no se sabe a qué, pero desde luego cada vez más alternativa) se extinguirá como aquella secta nazareno-galilea en la provincia que los romanos llamaron primero Judea y después, para amolar a los israelitas, Palestina (“tierra de los filisteos”). O si perdurará como la escisión open source que promovió aquel que se cayó del caballo. De lo que sí hay experiencias es de que, si te centras en debates como la crucial importancia de la abolición del prepucio o sobre cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler, viene el lobo (el romano, el otomano o el Calígula naranja) y te come.