Carlos Mella, de la ‘beautiful people’ a escritor de cuentos rurales

Se atribuye a Winston Churchill aquello de que es preferible cambiar de partido para defender las mismas ideas a cambiar de ideas con tal de seguir en el mismo partido (no en vano él pasó del Conservador al Liberal para volver después al de partida). Lo que suele pasar es que cada cambio suele ser, además de para mantener los principios teóricos, para mejorar las expectativas prácticas. No fue el caso de Xosé Carlos Mella Villar (A Estrada, Pontevedra, 1930), fallecido en un hospital de Santiago el pasado 21 de abril. Tampoco su trayectoria vital fue de esas tan habituales en las que, con los años, va emergiendo, del interior al exterior de la persona, un viejo miserable.

Hijo de un médico rural, estudió en Deusto y posteriormente se licenció en Derecho en la Complutense y en Ciencias Económicas en la Sorbona. Fue uno de aquellos “jóvenes turcos” de la economía que se movían en los márgenes de los ministros tecnócratas del último franquismo y los protosocialistas. Era parte del “clan de los Bustelos”, aquella familia con raíces en Ribadeo que posiblemente ha sido la mayor cantera de ministros y altos cargos de España. Estaban los titulares (Carlos y Carlota Bustelo, Leopoldo Calvo-Sotelo…) y los allegados que después tuvieron apodo propio, la beautiful people: Francisco Fernández Ordóñez, Carlos Solchaga, Miguel Boyer... Mella participó, en Ginebra en 1964, en la Primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, y décadas después todavía recordaba que el discurso que allí dio Ernesto ‘El Che’ Guevara “revelaba un concepto filosófico de la economía realmente impresionante”. En 1970 fue el sucesor de Mariano Rubio en la Dirección General de Planificación Económica. (Y a pesar de ello, se pronunció públicamente contra el juicio de Burgos).

Sin embargo, por razones que nunca explicó (“nunca fui muy de la Meseta”), decidió regresar a Galicia. En 1981 fue elegido en las listas de UCD como miembro del primer parlamento gallego. Mella fue el único diputado de los grupos de UCD, AP y PSOE que no apoyó la exigencia de jurar la Constitución para tomar posesión del acta, lo que supuso la expulsión de los tres parlamentarios de lo que entonces se llamaba el Bloque Nacional Popular Galego. Eso no le impidió, cuando UCD agonizaba, entrar a formar parte del gobierno que los restos de su partido ayudaron a construir con la Alianza Popular que lideraba entonces en Madrid Manuel Fraga. Mella fue vicepresidente de Xerardo Fernández Albor, un médico que en su día se había formado como piloto de la Luftwaffe y en los estertores del franquismo merodeaba por círculos levemente galleguistas.

En 1981 fue elegido en las listas de UCD como miembro del primer parlamento gallego

En 1981 fue elegido en las listas de UCD como miembro del primer parlamento gallego

Como vicepresidente económico, el antiguo miembro marginal de la beautiful people se encargó de negociar –con Josep Borrell, al que en su día había escrito algún discurso– las partidas presupuestarias necesarias para atender las competencias que sus colegas asumían alegremente. Pero lo que puso en el foco mediático a Mella fueron unas declaraciones críticas con Juan Carlos I. El monarca había designado como delegado regio, en la ofrenda al Apóstol Santiago, al delegado del Gobierno, Domingo García-Sabell, amigo personal suyo. “El rey está cometiendo una grave ofensa a Galicia…”, proclamó Mella, que consideraba que la ofrenda tenía que hacerla el presidente de la Comunidad. “Galicia estaba quedando como una autonomía no histórica. Entonces, había que llamar la atención”, recordaba hace un año en Luzes. “Me cayeron de todas partes. No sólo de la prensa madrileña. El rey entonces era Dios, el Tío de la Transición”. Pero Juan Carlos, que estaba en Venezuela, adelantó el regreso y realizó él la ofrenda.

Carlos Mella no duró mucho en el cargo. Apenas un año. Logró que el PP votara en el Parlamento una propuesta suya para que Galicia tuviese una cuota propia, similar al concierto vasco. Intentó que las cajas de ahorro dependiesen de la administración autonómica y proyectó un Instituto de Crédito Gallego. Pero los desencuentros con el otro vicepresidente, Xosé Luís Barreiro, el hombre que poco después promovió una moción de censura contra su propio presidente, le hicieron renunciar. Se mantuvo como parlamentario en las siguientes legislaturas, en las filas de Coalición Galega y del Partido Nacionalista Galego, dos intentos de formaciones nacionalistas de centro, pero a los 60 años pidió la jubilación anticipada y se retiró a su casa de la aldea. “Fue lo mejor que hice en mi vida”, decía. “Sobre todo porque después vino Manuel Fraga, y aquello fue una catástrofe. ¿Por qué? Porque era un jefe de Estado, pero Galicia desapareció. No hubo una puta transferencia. No hubo. Cada conselleiro era un caciquiño y Fraga gritaba, pero estaba casi siempre a otras cosas. Después vino Feijóo y no hizo nada”.

Sólo volvió a la palestra en 1994, cuando accedió a presentarse como candidato del BNG al Parlamento Europeo. El retiro, desde luego, no le limó la acidez de pensamiento. Sobre todo hacia los que fueron sus compañeros de viaje. “El PP tenía gente interesada, potente, rica, situada… pero menos inteligente, posiblemente, de lo que ellos pensaban. El PP sin poder no existe; si se lo quitas, se jodió. Si ves el equipo del PP… Los socialistas parece ser que no tienen mucho plan, pero miras al PP y no hay”. Siguió militando hasta el final en el BNG –“los únicos que tienen iniciativas”–, aunque no estaba de acuerdo con el maximalismo de muchas de sus reivindicaciones. “Galicia es una nación sumisa, pero no lo son los de abajo, sino los de arriba”, solía repetir en las entrevistas.

Desde su retiro prematuro, se dedicó a escribir libros. “No vas a estar 30 o 34 años jubilado sin hacer nada. ¡Es dificilísimo! Hay que discurrir mucho para no hacer nada. Escribir de vez en cuando un artículo, alguna cosa, pero vamos… Estoy absolutamente retirado de todo, menos de los vinos”, confesaba al periodista Luís Pardo. Además de media docena de libros de ficción de ambiente rural, Carlos Mella (que llegó a presidir la Asociación de Escritores en Lingua Galega) publicó ensayos como Non somos inocentes (Xerais, 1990), en el que pasaba revista con ironía a las primeras etapas de la autonomía gallega, o A falacia do economicismo (Espiral Maior, 1994), en el que aventuraba el capitalismo depredador que estaba por llegar. “Estamos en un cambio de época gordo, siempre que salvemos el problema en sí: que lo que empezó siendo guerra cultural y continuó como guerra comercial llegue a ser una guerra de verdad”.

Su último acto público fue en 2024 cuando respaldó a Ana Pontón, portavoz del BNG, como candidata a la presidencia de la Xunta. “Soy feliz porque sé que soy inútil”, finalizaba uno de sus libros.


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